
Estar enfermo y que te preocupe tu salud es normal. También es normal preocuparte por tu situación económica si te acaban de despedir del trabajo o darle vueltas a la última discusión con tu pareja si estáis atravesando una mala racha. Todas esas son preocupaciones perfectamente normales y cumplen una función psicológica muy clara: alertarnos de que algo significativo para nosotros necesita nuestra atención con cierta urgencia.
Sin embargo, en realidad nuestro día a día está más teñido de pequeñas preocupaciones. Son ideas menos trascendentales, pero con vocación de persistir, que pueden llegar a arruinarnos, literalmente, la jornada. Me refiero a esa crítica de un colega de trabajo que no podemos sacarnos de la cabeza, el pequeño error que cometimos del que prácticamente nadie se dio cuenta pero con el que nos seguimos vapuleando o ese trámite
No son grandes problemas. De hecho, a veces ni siquiera son problemas reales estrictamente hablando. Sin embargo, vuelven una y otra vez. Mientras cocinamos, cuando estamos en la ducha y, en su momento favorito: a la hora de dormir. Es lo que llamo micropreocupaciones, pensamientos aparentemente insignificantes que, sin embargo, llegan a ocupar un espacio completamente desproporcionado en nuestra mente.
Y aquí es donde aparece la pregunta interesante: ¿por qué?
La respuesta es sencilla: si nos quedamos dándole vueltas a algo aparentemente tan insignificante, quizá no sea tan insignificante.
Cuando el inconsciente envía mensajes… pero no los entendemos
Los pensamientos recurrentes rara vez son arbitrarios. Cuando una preocupación no nos abandona, suele indicar que ha tocado algún punto sensible. A veces se trata de una profunda inseguridad personal, otras veces son necesidades emocionales no reconocidas o incluso conflictos latentes que preferimos no mirar de frente.
O sea, en realidad no estamos preocupados por la crítica, sino por lo que esas palabras han despertado en nosotros. Por ejemplo, si después de salir de la presentación de un proyecto un colega te dice de manera casual: “podías haber explicado mejor la última parte”, es probable que solo este intentando realizar un comentario constructivo.
Sin embargo, si vuelves una y otra vez sobre esa frase, no logras sacártela de la cabeza en todo el día y la analizas desde todas las aristas posibles intentando buscar significados ocultos, hasta el punto que consume gran parte de tu energía mental, es probable que esa micropreocupación en realidad no gire sobre el comentario, sino sobre lo que este
En apariencia, la micropreocupación gira en torno al comentario, pero en realidad es probable que esté tocando algo más profundo: la necesidad de validación o un ego particularmente sensible a la crítica. Y es precisamente eso lo que mantiene la preocupación activa en nuestra mente.
Por tanto, de poco servirá intentar quitarle hierro al asunto diciéndonos que no es tan importante, porque realmente lo es, aunque no de la forma que suponemos. Las micropreocupaciones que se quedan rondando en nuestra mente son señales de alerta que va enviando el inconsciente para indicarnos que necesitamos explorar algo que tenemos pendiente.
¿Cómo entender el mensaje oculto de las micropreocupaciones?
Cuando una micropreocupación aparece de forma repetida, lo más útil no es intentar eliminarla inmediatamente pensando en otra cosa o distrayéndose, sino investigarla adoptando una actitud curiosa.
Existe una herramienta sorprendentemente sencilla y, al mismo tiempo, muy eficaz para identificar los patrones que se esconden detrás de las micropreocupaciones: escribirlas. De hecho, puedes llevar un diario de micropreocupaciones.
La idea es simple: cada vez que una pequeña preocupación se quede dando vueltas en tu menta y no puedas deshacerte de ella, anótala.
Bastan tres cosas:
- La situación
- El pensamiento repetitivo
- La emoción que genera
Pregúntate: “¿por qué me afecta tanto?” o “¿qué significa esto para mí?”.
Al cabo de unos días, es probable que empieces a notar un patrón.
Tal vez muchas de tus micropreocupaciones giren en torno a las críticas. O quizá alrededor de la posibilidad de decepcionar a alguien, el miedo a perder el control o al hecho de que lo percibes como un ataque personal.
En ese punto, se trata de comprender qué parte de tu identidad está implicada; o sea: “¿qué parte de la imagen de ti se ha visto afectada”. Podría ser tu percepción de competencia, de ser respetado o incluso de ser querido.
Cuando el patrón se vuelve visible y desvela lo que ha afectado, finalmente sale a la luz la raíz del problema. A partir de ahí, necesitas trabajar esa parte de ti, ya sea el perfeccionismo, el miedo al rechazo, una necesidad excesiva de aprobación, una inseguridad personal…
Cuando se aborda el patrón psicológico subyacente, las micropreocupaciones pierden el “combustible” que las alimentaba. Entonces ocurre algo mágico: muchas de las cosas que antes te tomabas a la tremenda y que te atormentaban por días u horas, pierden su influjo sobre ti porque aprendes a dosificarlas. Las preocupaciones simplemente dejan de multiplicarse porque, por primera vez, has recibido el mensaje que debían transmitir.



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