
Últimamente la palabra tolerancia se repite como un mantra en discursos políticos, campañas publicitarias y conversaciones cotidianas. Asumimos que para tener una sociedad justa y diversa, donde cada persona pueda expresarse libremente, debemos ser tolerantes. Y es así, pero inmediatamente surge una pregunta incómoda que la mayoría prefiere ignorar: ¿Qué pasa con quienes no quieren aceptar a quienes piensan o se comportan de manera diferente? ¿Debemos tolerar a los intolerantes?
Esa fue precisamente la pregunta que se planteó en el siglo XX Karl Popper. Este filósofo delineó la famosa “paradoja de la intolerancia” afirmando que “para mantener una sociedad tolerante, la sociedad debe ser intolerante con la intolerancia”.
La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada incluso a quienes son intolerantes y no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto a ellos, de la tolerancia.
La trampa de la tolerancia incondicional
En el mundo antiguo no existía una palabra que correspondiera específicamente a la noción moderna de tolerancia. Ese vacío lingüístico en una cultura rica en conceptos y abstracciones filosóficas, así como en términos complejos que ya ni siquiera utilizamos, revela que quizá no se percibía su necesidad.
De hecho, la tolerancia se construye a partir de su negación ya que surge de la intolerancia tras la época oscura de guerras religiosas que se extendieron por Europa en los siglos XVI y XVII. O sea, la tolerancia fue la respuesta a una imperiosa necesidad de aceptar la diversidad en contextos religiosos, sociales y culturales.
Hoy, existe una gran presión social por ser asertivos, evitar los conflictos y respetar todas las opiniones, aunque esas opiniones nieguen derechos básicos a otros. El problema es que esa postura puede erosionar nuestra brújula ética: se empieza relativizando lo intolerable y se termina normalizando lo inaceptable.
Popper estaba convencido de que si una sociedad tolera absolutamente todo, incluso a las personas intolerantes, tarde o temprano esos intolerantes destruirán a los tolerantes, y con ellos acabarán con la tolerancia en sí misma. Por tanto, defendía que para preservar una sociedad abierta, a veces es necesario poner freno a la intolerancia.
O sea, si dejamos la puerta abierta a discursos y prácticas que atacan la dignidad y los derechos básicos de otros, estamos facilitando la erosión de esa libertad. Es el equivalente social de pedirle a un pirómano que guarde las llaves de un almacén de gasolina.
En la vida diaria, también solemos confundir la tolerancia con aguantarlo todo, lo cual puede meternos en problemas, sobre todo porque no somos capaces de establecer líneas rojas para protegernos. Cuando la tolerancia no viene acompañada de límites claros, se transforma en permisividad, y la permisividad es el caldo de cultivo ideal para que crezcan o se perpetúen las conductas abusivas.
Por otra parte, no es menos cierto que la paradoja de Popper puede degenerar en una cascada de comportamientos moralistas y puritanos. ¿Quién decide lo que no es tolerable? Si una persona o un grupo determina que algo es intolerable, ¿puede arrojarse el derecho a ser terriblemente intolerante?
Esa actitud, como señalaba el filósofo John Rawls, también entraña el peligro de que la sociedad se vuelva cada vez más intolerante porque los límites de lo que se acepta se van estrechando cada vez más.
La tolerancia exige incomodidad
Ante todo, es importante comprender que ser tolerantes no implica aceptar todo ni darle carta blanca a los demás. Rawls señalaba que debemos permitir la intolerancia como un derecho y una libertad, pero siempre y cuando no vaya en contra del derecho y la libertad del otro.
Sin embargo, también es fundamental entender que para practicar la tolerancia debemos estar dispuestos a aceptar cosas, ideas o incluso comportamientos que nos molestan o incomodan. Porque una cosa es que algo nos incomode porque nos resulta ajeno o diferente y otra muy distinta es que algo cohíba nuestros derechos y libertades.
Un compañero puede escuchar música de un género que te disgusta profundamente mientras trabaja usando auriculares. Quizá te incomode que escuche ese tipo de música, pero no vulnera tus derechos. Otra cosa es que ponga las canciones a todo volumen, impidiéndote trabajar y concentrarte.
Leer en redes sociales opiniones políticas contrarias a las tuyas puede resultarte molesto, pero no es un ataque a tus derechos. En cambio, recibir mensajes directos con amenazas o acoso sí lo es. Tu pareja puede tener la costumbre de levantarse muy temprano, incluso en vacaciones. Puede resultarte molesto si eres de dormir hasta tarde, pero es una diferencia legítima. Sería distinto si te obligara a levantarte a su hora y te impidiera descansar.
De hecho, Popper no abogaba por censurar o silenciar los comportamientos intolerantes, sino que aconsejaba combatirlos con argumentos razonables. La tolerancia implica permitir o aceptar las acciones, ideas o personas con las que no estamos de acuerdo y estar dispuestos a soportar la incomodidad que ello puede conllevar, siempre que el otro esté dispuesto a hacer lo mismo.
Vivir en la paradoja de la tolerancia
La tolerancia nos obliga a caminar por una cuerda floja y movernos por una sutil línea divisoria. Sin embargo, en vez de preguntarnos una y otra vez: “¿qué estoy tolerando?” sería mejor cambiar el enfoque y cuestionarnos: “¿a qué precio?”.
O sea, ¿vale la pena el precio que estás pagando por la tolerancia? Quizá sí. Quizá callar lo que no hace falta decir te permita vivir en paz. O quizá necesites decirlo porque esa calma tensa en realidad te está recomiendo por dentro.
Igualmente importante es preguntarte: ¿esa persona o grupo es tolerante contigo? A fin de cuentas, la tolerancia, como el amor, es una práctica activa y bidireccional. No es una aceptación pasiva, sino un esfuerzo consciente y deliberado de todas las partes implicadas por equilibrar la justicia. No puedes tolerar todo si quien está a tu lado no te deja pasar ni una. Esa relación no es equilibrada ni saludable.
La tolerancia sin límites abre la puerta al abuso. Tanto en las relaciones personales como en los entornos sociales, ese exceso de permisividad envía un mensaje implícito: “puedes seguir haciéndolo, no habrá consecuencias”. Y desde la psicología social sabemos que la conducta que no encuentra resistencia suele repetirse y escalar.
De hecho, la tolerancia mal entendida puede convertirse en una forma de autoanulación. Si siempre cedes siempre para evitar conflictos, tu identidad se diluye y terminas sintiendo que no tienes voz. Ese silenciamiento interno, mantenido a lo largo del tiempo, no solo daña tu autoestima, sino que puede derivar en resentimiento y un desgaste emocional crónico.
Ser tolerante no significa aceptar todo; significa discernir qué protege la libertad y qué la destruye. Y en ese discernimiento, poner límites no es autoritarismo, es autocuidado. Porque al final, la tolerancia verdadera no se mide solo por lo que eres capaz de soportar, sino por tu capacidad para preservar tu integridad sin destruir la convivencia. Tolerar es un arte… y como todo arte, exige equilibrio, técnica y, sobre todo, intención.
Referencias Bibliográficas:
Popper, K. (2010) La sociedad abierta y sus enemigos. Barcelona: Ediciones Paidós.
John Rawls (2010) La teoría de la justicia. México: Fondo de Cultura Económica.



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