
Es probable que te haya ocurrido en más de una ocasión: tu pareja, tu madre, un amigo o tu hermana empiezan a recordar unas vacaciones juntos, una cena compartida o un momento especial… y tú te quedas en blanco. Lo que ellos recuerdan con especial nitidez para ti es una memoria borrosa en el mejor de los casos o la nada absoluta, en el peor de ellos.
No me refiero a olvidos graves, sino a recuerdos positivos, agradables e incluso importantes para esa otra persona que parecen haberse desvanecido de tu memoria sin haber dejado rastro. La explicación más habitual consiste en pensar que tenemos la cabeza demasiado llena con las prisas y los problemas cotidianos, de manera que ese recuerdo simplemente no se grabó.
No obstante, aunque la idea de la falta de espacio mental es intuitiva, en realidad el cerebro no funciona como un disco duro que se llena, sino más bien como un sistema de filtrado constante. Eso implica que no olvidamos porque estemos expuestos a demasiados estímulos, sino porque no guardamos todo de la misma manera.
La atención, el primer filtro
Para entender cómo funciona la memoria hay que empezar por la atención. En un día normal nos exponemos a una cantidad de estímulos tan grande que es imposible registrarlos todos. Conversaciones, imágenes, pensamientos, sensaciones… todo compite por un recurso muy limitado: nuestra atención.
La atención actúa como una puerta de entrada, de manera que lo que la atraviesa tiene posibilidades de convertirse en recuerdo; lo que no entra, es probable que no deje huella. Eso significa que no recordamos muchas de las experiencias positivas y agradables porque no les prestamos suficiente atención en su momento.
Por ejemplo, quizá estés en un sitio precioso, pero tu mente se encuentra en otra parte, a lo mejor estás preocupado, organizando el siguiente plan o revisando el móvil. La vivencia se produce, pero pasa de largo. Sin esa pausa mínima para prestarle atención y asimilarlo, lo que ocurrió se registra débilmente en la memoria, como una foto desenfocada.
Eso significa que a veces no es que el recuerdo se haya perdido, sino que nunca llegó a formarse del todo. Creemos que es un fallo de memoria, pero en realidad ha sido falta de atención. Eso explica por qué dos personas pueden vivir exactamente la misma experiencia y recordarla de formas tan distintas: no prestaban atención a lo mismo, ni con la misma intensidad.
La memoria, un proceso en construcción
La atención no es la única responsable de que no recordemos algunas experiencias positivas, la memoria también juega un papel clave. Y es que, al contrario de lo que solemos pensar, la memoria no es un archivo estático. O sea, cuando vivimos algo y lo recordamos, lo vamos reconstruyendo a partir de fragmentos de sensaciones, imágenes, ideas previas o lo que creemos que pasó. En ese proceso de reconstrucción el recuerdo se puede fortalecer o debilitar.
Ahí entra en juego el refuerzo. Los recuerdos que se mantienen vivos suelen ser aquellos que reactivamos con mayor frecuencia, ya sea cuando los volvemos a imaginar o mientras los contamos. Esa repetición es importante porque cada vez que evocamos un recuerdo, lo consolidamos un poco más. Al contrario, lo que no repasamos se va volviendo menos accesible con el tiempo, como si olvidásemos la “ruta neuronal” para llegar hasta ese recuerdo. Eso significa que quizá no desaparezca del todo, pero se vuelve más difícil de localizar.
Si una persona recuerda un momento positivo con detalle, es posible que lo haya revivido o contado varias veces, de manera que lo ha integrado en su narrativa personal. Si no has vuelto a pensar en ello, es probable que ese recuerdo sea muy borroso.
Sin embargo, el recuerdo no depende solo de la repetición, la emoción también juega un papel decisivo. Solemos creer que si una experiencia fue agradable y positiva debería fijarse automáticamente en la memoria, pero el proceso no es tan lineal.
La emoción es una señal de relevancia que le dice al cerebro lo que debe priorizar, pero debe combinarse con la atención para consolidar un recuerdo. Si algo es agradable, pero lo percibimos como rutinario o no estamos plenamente presentes, puede pasar desapercibido para la memoria. Eso explica por qué en ocasiones, recordamos con más nitidez los momentos tensos o negativos: captan más la atención, activan más el cerebro y dejan una huella más profunda en la memoria.
Por tanto, los recuerdos positivos no desaparecen por falta de espacio, sino más bien por la escasa atención que les prestamos y/o por no haberlos recuperado para reforzar su huella. Eso significa que, si no quieres olvidar los buenos momentos y quieres atesorar más momentos felices, la clave no está en acumular experiencias, sino en habitarlas con más presencia. Hacer pequeñas pausas, prestar atención a lo que está ocurriendo, permitir que el momento cale un poco más… Y después, volver a él.



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