
Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado. Todos lo hemos hecho. Pasamos días procrastinando o trabajando a media capacidad en un proyecto hasta que el plazo de entrega se acerca…
En ese momento, cuando el tiempo se agota y el tiempo se convierte en nuestro peor enemigo, de repente, sale a relucir nuestra versión más productiva, creativa y eficiente. El trabajo que habíamos avanzado a cuentagotas cobra vida al improviso. ¿Por qué no trabajamos así desde el principio? ¿Y de dónde proviene esa energía que nos brinda el «último empujón»?
¿Por qué solemos dejar todo para el final?
En un mundo ideal, cuando nos planteamos un objetivo o tenemos un proyecto por delante, planificamos cada paso y los ejecutamos con precisión. Pero no vivimos en un mundo ideal sino más bien en un entorno caótico y cambiante que nos ofrece mil razones – o excusas – para procrastinar o escabullirnos de nuestras responsabilidades.
No es nada nuevo. Según las Leyes de Parkinson, “el trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para su realización” y “el tiempo dedicado a cualquier tema de nuestra agenda es inversamente proporcional a su importancia”.
Es decir, si nos dan dos semanas para realizar un informe, es probable que lo hagamos en dos semanas. Si nos dan tres días, lo haremos en esos tres días. Eso se debe a que nuestro cerebro es un experto en ajustarse a los límites, aunque eso signifique sufrir un poco (o mucho) al final.
Cuando tenemos más tiempo disponible, no solo procrastinamos, sino que nos vamos por las ramas y dedicamos más atención a detalles intrascendentes que nos impiden avanzar a buen ritmo. En muchos casos, postergamos las tareas más relevantes porque nos generan ansiedad o simplemente porque nos resultan aburridas. Pero cuando ya no hay escapatoria, cuando la fecha límite está a la vuelta de la esquina, nuestro cerebro deja de resistirse y se enfoca por completo.
La «magia» del último empujón o el poder de la cuenta regresiva
Desde un punto de vista evolutivo, nuestros cerebros están programados para priorizar lo urgente. Hace miles de años, no necesitábamos realizar presentaciones de PowerPoint ni escribir tesis. Solo debíamos cazar, protegernos o huir del depredador de turno. Y todas esas cosas requerían una reacción inmediata y eficaz. Es decir, rendir al 100% cuando el peligro era inminente.
Hoy en día, esa misma respuesta se activa cuando sentimos que el tiempo se agota. Cuando llegan los plazos límite, aumentan nuestros niveles de cortisol y adrenalina, dos hormonas que nos ponen en modo “acción urgente”. Esa reacción de urgencia nos ayuda a concentrarnos y nos brinda un extra de energía, de manera que nos convierte en una especie de “ninjas productivos”.
La sensación de urgencia favorece un estado de hiperconcentración. Es como si nuestro cerebro pensara: “si no haces esto ahora, vas a quedar como un incompetente frente a tu jefe/profesor/cliente. ¿Realmente quieres eso?”. Y claro, no es lo queremos. La perspectiva del fracaso activa ese mecanismo ancestral y nos da el último empujón que necesitamos para sacar a la luz lo mejor de nosotros, aunque estemos cansados o creamos que no podemos más.
¿Por qué no conviene funcionar bajo presión todo el tiempo?
Por supuesto, dejar todo para el último momento no es una buena idea, simplemente porque es desgastante, tanto a nivel físico como psicológico. Nuestra energía mental y física tiene límites.
La presión, el estrés y la adrenalina pueden ser útiles de forma puntual, pero vivir en ese estado constantemente es como conducir con el acelerador siempre pisado: puede que avancemos más rápido, pero de manera más arriesgada.
De hecho, lo que logramos en una noche sin dormir a base de café puede parecernos brillante en ese momento, pero es probable que más adelante descubramos que tiene errores o que simplemente nos deje exhaustos y al día siguiente no podamos rendir.
Por ende, la clave consiste en entender cómo usar la presión a nuestro favor, sin que se convierta en el modo de vida.
Cómo aprovechar el “último empujón” sin morir en el intento
Si bien el último minuto puede sacar lo mejor de nosotros, no es la estrategia más saludable a largo plazo. Podríamos hacerlo mejor y sin tanto sufrimiento si empezamos antes o nos planificamos mejor.
- Aplica auto deadlines. Engaña a tu cerebro estableciendo la fecha límite unos días antes de la real. Así, cuando llegue el verdadero plazo, ya estarás listo (o al menos, no estarás tan desesperado).
- Divide y vencerás. En lugar de ver el proyecto como un monstruo gigante, divídelo en tareas más pequeñas y gestionables estableciendo mini-plazos para cada una de ellas. Así, el último empujón será menos doloroso.
- Recompensas inmediatas. Por mucho que te esfuerces por repartir el trabajo, es probable que sin un buen incentivo, acabes procrastinando. Por tanto, premia tus pequeños avances con algo placentero (un café, un episodio de tu serie favorita). El cerebro responde mejor a los incentivos a corto plazo.
No cabe duda de que el “último empujón” es una muestra de nuestra increíble capacidad de adaptación. El cerebro, aunque a veces parezca nuestro peor enemigo, sabe cuándo apretar el acelerador. Sin embargo, no debemos llevarlo al extremo – o al menos no frecuentemente. El secreto radica en encontrar un equilibrio: usar esa energía de emergencia cuando sea necesario, pero sin convertirla en nuestro único modo de funcionar.



evelyn dice
Me parece fascinante cómo, frente al final de algo ya sea una relación, un proyecto o una etapa encontramos en nuestro interior una energía extra para dar lo mejor de nosotros. Creo que ese “último empujón” es una mezcla de deseo de cerrar con dignidad, de aprovechar lo que queda y, muchas veces, de evitar arrepentimientos.
Jennifer Delgado dice
Hola Evelyn,
Ese último empujón puede sustentarse en diferentes motivos, efectivamente, desde el deseo de cerrar con dignidad hasta evitar arrepentimientos por no habernos esforzado lo suficiente. Lo importante es ser conscientes de este fenómeno psicológico para utilizarlo inteligentemente, sin extralimitarnos:)