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La IA nos ha vuelto ultra paranoicos

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Ojo en primer plano
La IA nos está volviendo paranoicos (y no es una buena noticia como sociedad). [Foto libre: Pexels]

Parece que la Inteligencia Artificial ha llegado para quedarse, en gran parte debido a la escasa oposición que nosotros, los humanos, le hemos puesto. Nos hemos rendido antes de presentar batalla, asumiendo que el “progreso tecnológico” que supuestamente conlleva es una inevitabilidad histórica ante la cual nos sentimos como hormigas sin voz ni voto. Como resultado, ahora la IA nos sale hasta en la sopa (y no es una metáfora).

Obviamente, eso tiene implicaciones psicológicas más allá del hecho de que nos reste algunos puntos más de cociente intelectual, algo de lo que últimamente no andamos precisamente sobrados. La IA también nos está volviendo más paranoicos. La vemos en todos lados y asumimos, erróneamente, que todos la usan para engañarnos.

El sinsentido

Cuando se popularizó la IA generativa (esa que escribe y hace fotos o vídeos), subí uno de mis primeros artículos (del 2009) a un detector de IA y su resultado fue concluyente: el 75% había sido escrito por una IA. Parece que Gabriel García Márquez también usó esa tecnología (recurriendo a alguna misteriosa máquina del tiempo para viajar al futuro) y escribir la maravillosa introducción de “Cien años de soledad”.

Es desolador. Pero aún más desolador es que le creamos y nos volvamos completamente paranoicos, hasta el punto de desconfiar de todo y de todos. Aún más desolador (si cabe) es que no entendamos que es la máquina quien copia a Gabriel García Márquez, a mí y a millones de personas más que escriben.

Así las cosas, todos los días leo el enésimo consejo para detectar un artículo escrito por IA. Al parecer, usar oraciones adversativas se ha convertido en la última “prueba irrefutable”, así que ahora hay una legión de escritores a los que no les aterra la clásica página en blanco, sino la imposibilidad de usar nexos como “sino”, “pero” o “sin embargo” no sea que vayan a confundir sus escritos con los de una máquina. Pero, ¿sabéis cuántos “sino” hay en “Cien años de soledad”? 226. Me he tomado el trabajo de contarlos.

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La paranoia

En 2007, psicólogos de la Universidad de Manchester constataron que la paranoia no es exclusiva de los pacientes psiquiátricos, sino que es más bien un continuum que también se manifiesta en las personas supuestamente sanas. En realidad, la línea que separa la desconfianza de la paranoia es extremadamente sutil.

La paranoia es una distorsión cognitiva que nos lleva a interpretar las situaciones neutrales como amenazantes, vemos enemigos donde no los hay, las personas que nos intentan engañar o aprovecharse de nosotros se multiplican como por arte de magia y las conspiraciones crecen cual hidra de mil cabeza. Obviamente, ganar puntos en la escala de paranoia no es una buena noticia.

No lo es porque sentimos que tenemos que andar con pies de plomo, lo que aumenta nuestro nivel de ansiedad hasta niveles estratosféricos. Nos volvemos hipervigilantes, atentos a cada detalle que se convierte, casi inevitablemente, en una ratificación de nuestros peores temores por ese mecanismo tan humano en el que todos caemos que se llama sesgo de confirmación. El mundo a nuestro alrededor, ese que antes habitábamos con cierta confianza y seguridad, se transforma en un sitio hostil y resbaladizo porque ya no sabemos de quién fiarnos.

Al final, cuando no sabemos si lo que vemos en un vídeo es cierto, si lo que leemos refleja la opinión de una persona o si lo que escuchamos son las palabras reales de alguien, el mundo se convierte en una holografía donde todo es cuestionado y puesto en cuarentena hasta que no se demuestre lo contrario. Eso rompe algo profundo: la confianza necesaria para vivir en sociedad.

Un mundo sin confianza

Friedrich Nietzsche dijo que no le molestaba que alguien le mintiera, sino que a partir de ese momento ya no podría confiar en esa persona. Y es que la confianza es el vinculum societatis, como la calificara el filósofo John Locke, sin el cual nos quedamos sin asideros.

El acto de vivir en sí mismo es una prueba permanente de confianza, y no solo en nosotros y quienes nos rodean, sino también en las instituciones, las leyes, los sistemas que hemos construido y las normas implícitas que seguimos. Sin la confianza y esas reglas comunes, Thomas Hobbes advertía que viviríamos en un estado de guerra constante de todos contra todos (advierto que cualquier parecido con la realidad actual no es mera coincidencia).

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La IA socava la confianza en lo que vemos, oímos o leemos, haciendo que desconfiemos de nuestro propio criterio y de los demás. Al sembrar la paranoia, nos adentramos en un laberinto de dudas, como si caminásemos permanentemente sobre una cuerda floja sin red de sostén debajo. Y no es una buena noticia, ni a nivel personal ni social.

No tengo la solución, pero sé que la pérdida de la confianza que se produce cuando nos adentramos en la paranoia colectiva deja secuelas difíciles de reparar. La desconfianza sostenida no solo cambia cómo vemos a los demás y el tipo de sociedad que empezamos a construir, también socava la fe en nosotros mismos dejándonos a merced de una inestabilidad psicológica sin precedentes donde nada parece sólido.

Poco a poco, las lecturas de los demás adquieren connotaciones más defensivas, los vínculos se vuelven más frágiles y la convivencia se tensa. Lo más inquietante es que este proceso no ocurre de un día para el otro, sino de manera casi imperceptible, como una suma de pequeñas distancias y desconfianzas cotidianas. Ya no desconfiamos solo del escritor de turno, también dudamos si nuestra pareja nos habrá enviado realmente ese mensaje o lo habrá escrito la IA. Y cuando ese espacio de confianza implícita compartida se rompe, reconstruirlo se vuelve muy cuesta arriba.

Decía Brian Merchant en su interesantísimo libro “Sangre en las máquinas” que “ciertas tecnologías no son inevitables. No tenemos que aceptarlas… Todas pueden ser rechazadas”, al menos en ciertos ámbitos (agregaría yo). Y eso no es negar el progreso, es preservar ciertos espacios, defender lo que queremos, proteger nuestra capacidad de decisión y cuidar lo que, en definitiva, nos hace humanos.

Referencias:

Green, C.E. et. Al. (2011) Paranoid explanations of experience: a novel experimental study. Behavioral and Cognitive Psychotherapy; 39 (1): 21-34.

Campbell, M.L.C. & Morrison, A.P. (2007) The subjective experience of paranoia: Comparing the experiences of patients with psychosis and individuals with psychiatric history. Clinical Psychology and Psychotherapy; 14: 63-77.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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