
El fin de semana, mientras estás descansando en el sofá, reflexionando sobre tu existencia actual y futura, es probable que te propongas que el próximo lunes (sí o sí) comenzarás en el gimnasio… O te pondrás finalmente a dieta… O seguirás un horario de trabajo más decente… O llamarás a esa persona y pondrás los puntos sobre las íes… O te tomarás las cosas con más calma…
El lunes te levantas con energía dispuesto a comerte el mundo y seguir tus planes, pero el martes ya te sientes un poco cansado. El miércoles ocurre algo que no te esperabas y te descoloca y el jueves, ya sin fuerzas, vuelves a hacer exactamente lo mismo que hacías antes.
Entonces piensas que te falta motivación. Pero quizá el problema no sea ese.
La motivación sirve para arrancar, los hábitos para continuar
Nos han repetido por activa y por pasiva que si queremos lograr algo, necesitamos una gran dosis de motivación (intrínseca, a ser posible). Sin embargo, no nos han dicho que la motivación tiene una característica “incómoda”: fluctúa. Depende del sueño, del estrés, de lo que nos haya ocurrido ese día, de nuestro estado de ánimo y hasta de cuánto esfuerzo imaginamos que nos costará algo.
Por eso, a pesar de toda la publicidad que recibe, no es la candidata más idónea para convertirse en el motor de una conducta repetida. De hecho, si te has propuesto salir a caminar todos los días y antes de salir te preguntas si te apetece/motiva, estarás abriendo una negociación contigo mismo siete veces por semana.
Y cuando estamos cansados, nuestro cerebro suele ser un negociador bastante hábil que busca excusas para quedarse en su zona de confort y gastar menos energía. Así aparecen los “hoy hace mucho frío”, “mañana tendré más tiempo” o el archiconocido “por un día no pasa nada.”
Y no, por un día no pasa nada. Nuestro cerebro tiene razón. El problema es que casi nunca es un solo día.
Los hábitos reducen precisamente esa negociación continua. No necesitamos decidir cada vez si vamos a hacer algo o no, simplemente nos movemos por la inercia de una decisión que, en su momento, tomamos conscientemente y que hemos automatizado. Y eso cambia mucho las cosas.
El secreto no es tener más fuerza de voluntad, sino necesitar menos
Una conducta repetida demanda menos esfuerzo consciente. Al principio tendrás que acordarte y esforzarte. Obviamente. Pero después (aproximadamente a los 21 días) empiezas a asociarla con determinadas señales del contexto: una hora, un lugar, una acción previa… Esas señales actúan como detonantes, de manera que te activan sin que tengas que negociar constantemente contigo mismo.
De hecho, los hábitos no solo modifican lo que hacemos, sino cuánto tenemos que pensar antes de hacerlo. Las personas que mantienen determinadas rutinas no tienen necesariamente una disciplina extraordinaria, muchas veces simplemente han conseguido dejar de discutir consigo mismas ciertas decisiones, lo cual les permite ponerse en marcha rápidamente o decir “no” a las tentaciones que surjan por el camino. Y es que cada decisión que conseguimos automatizar nos ahorra una pequeña cantidad de energía mental.
No obstante, hay otra parte menos evidente, pero igual de importante de los hábitos: nos retroalimentan. Cada vez que cumplimos con algo que nos habíamos propuesto, aunque sea pequeño, estamos alimentando la sensación de autoeficacia. Y eso nos empodera y, curiosamente, alimenta la motivación para seguir repitiendo esa conducta o plantearnos objetivos más ambiciosos.
Por tanto, no siempre necesitas una dosis colosal de motivación para empezar. A veces, basta una decisión y crear un hábito, la motivación (que no el motivo, ya que son dos conceptos diferentes) puede ir surgiendo por el camino.
A fin de cuentas, la vida que llevamos está más hecha de pequeños hábitos cotidianos que de grandes cambios épicos. Encontrar la motivación es útil, pero es mucho más útil construir conscientemente los hábitos que nos permitirán llevar la vida que deseamos y que nos acerquen a la persona en la que queremos convertirnos.
Por eso, conviene dejar de preguntarnos si hoy tenemos motivación. La pregunta podría ser otra: “¿qué hábito debo construir para hacer lo que deseo incluso cuando no tenga motivación?”. Porque la motivación puede abrir la puerta, pero con el tiempo, son tus hábitos los que deciden qué camino acabas recorriendo.



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