
“Los niños de ahora no respetan a nadie”.
“En mis tiempos eso no se permitía”.
“Hoy los padres les tienen miedo a sus hijos.”
Frases como estas se repiten en parques, reuniones familiares y redes sociales. Padres, abuelos y educadores comparan a las nuevas generaciones con las de antes y muchos llegan a una conclusión: los niños de hoy son más maleducados.
Pero, ¿es realmente así? ¿O estamos idealizando el pasado y juzgando con dureza el presente?
La pregunta del millón: ¿qué significa ser “bien educado”?
Antes de juzgar si un niño es malcriado, conviene preguntarse qué es la buena educación.
En generaciones anteriores se valoraban profundamente la obediencia, el silencio, el respeto a la autoridad y las buenas formas. Un “niño bien educado” era, básicamente, un pequeño que no daba problemas: se quedaba quieto en las visitas, no interrumpía a los mayores cuando hablaban y decía “gracias” y “por favor”.
Sin embargo, los valores han ido cambiando. Hoy los padres intentan estimular más la creatividad, la autonomía, el criterio propio y la expresión emocional. Así, donde antes se valoraba el silencio, ahora se potencia una voz. Donde antes se acataban órdenes, ahora se hacen preguntas. Y eso ha desatado una cascada de cambios – algunos positivos, otros no tanto.
¿Más desobediencia o más expresión?
Los niños siempre han tenido rabietas y momentos de desobediencia. Siempre han intentado traspasar los límites y han luchado para reafirmar su identidad. Esas expresiones forman parte del desarrollo y no han cambiado en los últimos siglos. La diferencia estriba en cómo la sociedad interpreta y lidia con esas manifestaciones.
En el pasado, muchas de las emociones infantiles se reprimían. Los niños lloraban “en silencio” o eran castigados cuando expresaban su frustración. Hoy, por el contrario, muchos padres y madres intentan validar esos sentimientos.
Sin embargo, no parece que ese nuevo enfoque esté funcionando particularmente bien.
Un estudio realizado en la Case Western Reserve University ha revelado un dato sobrecogedor: la ansiedad ha aumentado tanto en la infancia que un niño en edad escolar de la década de 1980 ya reportaba más ansiedad que los pacientes psiquiátricos infantiles de la década de 1950.
Hoy, esa ansiedad no ha hecho sino aumentar, hasta el punto que afecta a 1 de cada 12 niños. La depresión sigue el mismo camino. Una investigación de la Universidad de Minnesota reveló que la incidencia de la depresión en los adolescentes se ha duplicado en la última década. La irritabilidad y la falta de tolerancia a la frustración también han aumentado desde los años 1990 en los niños.
Obviamente, algo va mal.
Una cuestión de límites
En plena transición educativa, estamos pasando de una etapa de rigidez a un modelo más flexible. Pero muchos padres aún no saben cómo ganar autoridad sin autoritarismo, por lo que caen en el extremo opuesto: la permisividad y el laissez faire.
Cuando se anima la expresión emocional, pero no se establecen límites, es fácil que los pequeños piensen que todo está permitido. Eso genera niños egocéntricos que no tienen en cuenta a los demás y que se comportan como si fueran el centro del universo.
Antes, los padres solían adoptar un estilo autoritario del tipo “porque lo digo yo”. Ahora, en cambio, muchos optan por ser más permisivos porque “no quiero traumatizarlo”. Como resultado, los niños de antes eran, efectivamente, más obedientes. Y los niños de hoy suelen tener problemas con las figuras de autoridad.
¿Dónde están los adultos?
Cuando nos referimos a los niños malcriados o maleducados, generalmente lo que queremos decir es que se trata de pequeños que no siguen las normas implícitas o explícitas. De hecho, muchos adultos sienten que “los niños mandan”. Y no es una mera percepción, en las últimas décadas realmente se ha producido una ausencia o debilitamiento del rol adulto.
No es que los niños hayan cambiado tanto en su naturaleza, sino que los marcos de referencia se han vuelto difusos. Los padres trabajan más, tienen menos tiempo y sienten más presión por hacerlo “todo bien”.
Antes, generalmente la madre o la abuela estaba en casa para corregir los malos comportamientos infantiles. Ahora, los padres están tan estresados y agotados que suelen ceder para que sus hijos los dejen en paz. Esa falta de límites y normas conduce a una «tiranía infantil«.
Por otra parte, las escuelas están saturadas y las pantallas han ocupado espacios que antes se dedicaban al juego, la conversación o el establecimiento de vínculos. Nuestra sociedad ya no “educa en comunidad”. Antes, cualquier adulto podía llamar la atención a un niño. Hoy, corregir una conducta puede desencadenar una batalla campal con los padres.
En medio de eso, los niños se quedan sin referentes claros. Adolecen de modelos consistentes que les marquen el camino con afecto y firmeza. Como resultado, no entienden ni acatan las normas – ni dentro ni fuera de casa. Son pequeños que tienen dificultades para gestionar la frustración, no toleran el “no” y reaccionan con agresividad o descontrol emocional.
Obviamente, educar no es controlar. Pero tampoco ceder en todo. Educar es guiar. Y para eso se necesitan adultos maduros y serenos que sepan sostener el conflicto sin miedo, que puedan decir “no” sin culpa y que transmitan coherencia con sus acciones.
Entonces… ¿los niños de hoy son más maleducados?
Los niños no son peores, son distintos porque están creciendo en un mundo diferente donde hay más información, más estímulos, más libertades… y también más contradicciones. Sin embargo, como no tienen la madurez suficiente para lidiar con todo eso, necesitan más orientación que nunca.
No es necesario mirar al pasado con nostalgia, sino construir un presente más consciente. Educar con firmeza, pero sin olvidar la ternura. Con autoridad, pero sin infundir miedo. Con límites, pero con empatía.
Los niños necesitan saber que no todo está permitido, pero también que lo que sienten no está mal. Necesitan guía, contención y tiempo. Pero sobre todo, necesitan adultos que puedan entenderlos y acompañarlos, adultos que sepan que un “no” a tiempo es un acto de amor.
Referencias Bibliográficas:
Liu, X. et. Al. (2024) Thirty-year trends of anxiety disorders among adolescents based on the 2019 Global Burden of Disease Study. Gen Psychiatr; 37(2): e101288.
Wilson, S. & Dumornay, N. M. (2022) Rising Rates of Adolescent Depression in the United States: Challenges and Opportunities in the 2020s. J Adolesc Health; 70(3): 354-355.
Brotman, M. A. et. Al. (2017) Irritability in Children and Adolescents. Annual Review of Clinical Psychology; 13: 317-341.
Chaplin, T. M. (2017) Developmental change in emotion expression in frustrating situations: The roles of context and gender. Infant Child Dev; 26(6): e2028.
Twenge, J. M. (2000) The Age of Anxiety? Birth Cohort Change in Anxiety and Neuroticism, 1952-1993. Journal of Personality and Social Psychology; 79(6): 1007-1021.



Deja una respuesta