
Hace calor. Mucho calor. Sales a la calle y alguien dice: “esto es insoportable”. Entras en una tienda y escuchas “cada año es peor”. Abres las redes sociales y parecen una competición para ver quién está sufriendo más la ola de calor.
No es que falten motivos. Cuando el termómetro supera los 35 o 40 grados, dormir cuesta más, el cuerpo se siente pesado, la concentración disminuye y hasta el estado de ánimo se resiente. Sin embargo, hay una curiosa paradoja psicológica: quejarnos por el calor (o por el mal tiempo en general) parece aliviar momentáneamente la frustración, pero hacerlo una y otra vez suele generar el efecto contrario: que el calor nos resulte todavía más insoportable. No porque aumente la temperatura, sino porque cambia la forma en que nuestro cerebro la experimenta.
Las quejas como catarsis ¿beneficiosa?
Cuando compartimos algo que nos incomoda a todos, encontramos validación social. A fin de cuentas, todos estamos “asándonos”. Eso genera cierto alivio emocional ya que es una forma de catarsis: expresamos el malestar interno.
Por eso es tan habitual que las conversaciones empiecen con un comentario sobre el tiempo. Durante unos segundos, sentimos que no estamos solos en nuestro sufrimiento. Obviamente, no es algo negativo. El problema aparece cuando esa descarga emocional deja de ser puntual y se convierte en nuestra estrategia habitual para afrontar la situación.
Entonces el cerebro empieza a hacer algo que no nos beneficia en absoluto, simplemente porque aquello en lo que nos concentramos ocupa cada vez más espacio en tu mente. Nuestra atención funciona como un foco, de manera que cuanto más tiempo pasemos “iluminando” un aspecto de la realidad, más importante parece.
Cuando repetimos constantemente que hace un calor insoportable, nuestro cerebro dedica cada vez más recursos a monitorizar cualquier señal relacionada con esa sensación. Entonces notamos más el sudor, la ropa pegada al cuerpo, el aire caliente…
La temperatura no ha aumentado, pero nuestra percepción del calor sí. Es un fenómeno parecido al que se produce cuando compras un coche de determinado modelo y, de repente, empiezas a verlo por todas partes. No es que haya más coches, es que ahora tu atención está entrenada para detectarlos.
Con las quejas por el mal tiempo sucede algo parecido. Entrenamos al cerebro para buscar continuamente nuevas pruebas de que la situación es horrible. Y, como suele encontrarlas, refuerza todavía más esa conclusión. Lo reafirma una investigación de la Universidad de Chicago según la cual, la sensación subjetiva de malestar térmico era un predictor mucho más fuerte del estado de ánimo negativo que la temperatura objetiva.
El bucle de las lamentaciones
Existe otro mecanismo psicológico que también entra en juego: la rumiación, la cual implica dar vueltas una y otra vez al mismo problema sin buscar una solución. A diferencia de la reflexión, rumiar solo desgasta.
Cuando llevamos media hora diciendo que no soportamos el calor, que todo es un desastre y que cada verano será peor, probablemente ya no estamos describiendo el tiempo, sino alimentando un bucle mental en el que cada nueva queja genera otra.
Así, la conversación o el diálogo interno dejan de ser una descripción objetiva de la realidad para convertirse en un amplificador emocional. De hecho, debemos tener presente que nuestro cerebro utiliza atajos para decidir qué merece atención y a menudo confunde frecuencia con importancia.
Por ende, asume que aquello en lo que pensamos o repetimos con frecuencia debe ser importante. Si durante todo el día hablamos del calor, leemos noticias sobre el calor, comentamos el calor y pensamos constantemente en el calor, el cerebro interpreta que se trata de la prioridad absoluta. El resultado es que la sensación de malestar ocupa cada vez más espacio psicológico.
De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Yale con 157 personas que llevaron un diario durante 6 días reveló que la rumiación prolonga y amplifica las emociones negativas. El calor es real, pero lo que determina cuánto sufrimos no es únicamente la temperatura. También influye el tiempo que nuestra mente permanece atrapada pensando en ella.
Por otra parte, quejarnos sin actuar aumenta la sensación de impotencia. Cada vez que repetimos un problema sin hacer nada para afrontarlo, reforzamos una sensación de falta de control, y eso es uno de los factores que más aumentan el estrés. Cuando nos enfocamos únicamente en lamentarnos, el mensaje que recibe nuestro cerebro es que no hay nada que hacer.
Entonces, ¿hay que fingir que el tiempo es estupendo?
En absoluto. Si hace mucho calor, hace mucho calor. Si estamos incómodos, reconocerlo es completamente razonable. La diferencia estriba entre constatar un hecho y quedarnos atrapados en él.
No es lo mismo decir que hace muchísimo calor, por lo que es mejor bajar las persianas, beber más agua y encender el aire acondicionado o el ventilador que repetirnos durante toda la tarde: “No puedo más. Qué horror. Es insoportable. Esto no hay quien lo aguante”.
La primera respuesta reconoce el problema y busca soluciones para adaptarse lo mejor posible. La segunda solo alimenta el malestar. Por tanto, después de la catarsis de rigor, conviene preguntarnos qué podemos hacer para aliviar lo que estamos sintiendo.
De hecho, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Basilea en el que se dio seguimiento a 134 personas durante episodios de calor constató que después de realizar conductas de protección (buscar sombra, ir a un lugar más fresco o reducir la actividad), estas reevaluaban la situación de forma más positiva y su estado de ánimo mejoraba.
Nuestras acciones no eliminarán la ola de calor, pero al menos nos recuerdan que tenemos cierto margen de actuación. Y eso cambia profundamente cómo vivimos la experiencia. Con el tiempo ocurre algo curioso porque las personas que entrenan esta forma de responder dejan de añadir una segunda capa de sufrimiento creada por su propia mente. Porque una cosa es la temperatura que marca el termómetro y otra muy diferente es la temperatura emocional que alcanzan nuestros pensamientos.
Referencias:
Glunz, E. et. Al. (2026) Adapting to the heat of the moment: A mobile experience sampling study on the dynamics of heat stress, appraisals, affect, and behaviour. Journal of Environmental Psychology; 109: 102893.
Meidenbauer, K.L. Et al. (2024) Variable and dynamic associations between hot weather, thermal comfort, and individuals’ emotional states during summertime. BMC Psychol; 12: 504.
Genet, J. & Siemer, M. (2012) Rumination Moderates the Effects of Daily Events on Negative Mood: Results From a Diary Study. Emotion; 12(6):1329-1339.



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