
Imagina una reunión en la que dos personas plantean una solución brillante a un problema laboral complejo. Una habla con seguridad, cuestiona una propuesta y defiende sus argumentos con firmeza. La otra hace exactamente lo mismo. Sin embargo, cuando termina la reunión, alguien describe a la primera como “difícil de tratar” y a la segunda como “un líder con iniciativa”. Y la diferencia no radica en lo que han dicho sino en las expectativas sociales sobre cada una.
Eso ayuda a entender los resultados de una investigación realizada en la Universidad de Minnesota en la que se ha encontrado una diferencia llamativa en las relaciones laborales: las mujeres con puntuaciones más altas en pruebas de capacidad cognitiva suelen ser percibidas como más hostiles por sus compañeros. Además, informan más experiencias de maltrato y reciben menos ayuda. Lo curioso es que los hombres con un C. I. similar no estaban expuestos al mismo patrón.
Cuando la inteligencia choca con las expectativas
Para comprender este fenómeno hay que mirar más allá de las capacidades individuales y detenerse en las expectativas que condicionan nuestras relaciones. Según la teoría de los roles sociales, por mucho que hayamos avanzado en materia de igualdad, hombres y mujeres siguen estando sujetos a normas implícitas sobre cómo deberían comportarse.
A los hombres se les suele asociar con características como la independencia, la competitividad, la determinación y la capacidad para tomar decisiones. De las mujeres, en cambio, se esperan cualidades sociales como la amabilidad, sensibilidad, cooperación y atención a las necesidades ajenas.
El problema surge cuando una persona reúne características que no encajan con el rol que los demás esperan de ella. Una mujer que demuestra una gran capacidad para resolver problemas puede despertar admiración por su competencia y, al mismo tiempo, ser juzgada como menos cercana, menos colaboradora o más difícil de tratar.
Los investigadores estudian esta contradicción a través de un fenómeno denominado “déficit implícito de comunalidad”. La idea es que, cuando una mujer destaca por su competencia, otras personas pueden asumir que carece de las cualidades relacionales que tradicionalmente se le atribuyen. Ni siquiera comprueban que es menos amable, les basta con que su inteligencia active una expectativa distinta.
Sin embargo, no ser percibida como especialmente cercana no equivale automáticamente a ser hostil. Aún así, en determinadas circunstancias, la ausencia de la amabilidad esperada puede interpretarse como frialdad, arrogancia o incluso agresividad, simplemente porque se aleja de lo esperado.
Dos estudios, un patrón que se repite
Para examinar esta posibilidad, los investigadores realizaron dos experimentos en contextos diferentes.
En el primero participaron 432 estudiantes de empresariales que trabajaban en equipos durante un proyecto de consultoría. Los investigadores midieron su capacidad cognitiva y, posteriormente, recogieron las valoraciones que hacían unos compañeros de los otros, además de información sobre la ayuda recibida y las experiencias de maltrato interpersonal.
Entre las mujeres, las puntuaciones cognitivas más altas se relacionaron con una mayor percepción de hostilidad por parte de sus compañeros. Esa percepción, a su vez, se asociaba con más experiencias de victimización y menos ayuda, tanto a la hora de realizar tareas como cuando necesitaban apoyo personal o emocional. En los hombres no se observó un patrón similar.
El segundo experimento trasladó el análisis a una empresa financiera de China, con 394 empleados que trabajaban en equipos pequeños. En este caso, los investigadores utilizaron las puntuaciones cognitivas obtenidas durante el proceso de selección de personal y analizaron durante varias semanas las mediciones de las percepciones de los compañeros y las experiencias posteriores de cada participante.
Los resultados fueron similares para las mujeres: una mayor capacidad cognitiva se asociaba con ser consideradas más hostiles y menos sociables. Ambas percepciones estaban relacionadas con más experiencias de victimización, aunque no exactamente de la misma manera. Ser percibidas como hostiles se vinculaba con recibir menos ayuda, mientras que ser consideradas menos sociables se relacionaba más con comportamientos de abuso.
En los hombres ocurrió algo diferente. En la muestra empresarial, las puntuaciones cognitivas más altas se asociaron con una menor percepción de hostilidad, lo que a su vez se relacionaba con menos victimización y más ayuda.
El doble rasero que se esconde en lo cotidiano
Estos resultados sugieren que la desigualdad laboral también puede aparecer en interacciones tan cotidianas que apenas llaman la atención: quién recibe una explicación cuando tiene una duda, a quién se le facilita información, quién encuentra colaboración cuando necesita resolver un problema o quién termina sintiéndose excluido del grupo.
Además, estas dinámicas suelen alimentar un círculo difícil de romper. Si una mujer es percibida como hostil, sus compañeros podrían mostrarse menos dispuestos a ayudarla o colaborar con ella, lo que probablemente torpedeará su carrera profesional. Curiosamente, esa distancia puede deteriorar la relación y generar nuevas interpretaciones negativas, aunque la percepción inicial no reflejara su comportamiento real.
Obviamente, esto no significa que este mecanismo se produzca siempre ni que todas las mujeres inteligentes sufran estas experiencias. Aun así, el patrón merece atención porque muestra cómo los estereotipos pueden influir en la convivencia profesional sin necesidad de que exista una causa objetiva.
No basta con reconocer el talento
Una de las conclusiones más relevantes es que reconocer la capacidad de una persona no garantiza que se la trate de manera justa. Una organización puede valorar la inteligencia de una empleada en una evaluación de desempeño y, al mismo tiempo, tolerar que sus compañeros la excluyan, le nieguen información o le presten menos apoyo.
La pregunta no es si las mujeres deben suavizar su forma de hablar para resultar más agradables, ni si los hombres deberían renunciar a la firmeza para parecer menos amenazantes, sino por qué seguimos interpretando comportamientos similares de manera diferente según quién los protagonice.
Porque una cosa es evaluar cómo trabaja alguien y otra muy distinta es decidir cómo debe ser esa persona para que su competencia resulte aceptable. Mientras confundamos inteligencia con falta de calidez cuando hablamos de mujeres, el talento podrá seguir siendo reconocido sobre el papel, pero penalizado o incluso castigado en la práctica.
Referencia:
Chawla, N. et. Al. (2026) Understanding the intersection of gender and cognitive ability on interpersonal outcomes: A multistudy investigation. Journal of Applied Psychology. 10.1037



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