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Cómo trabajar y potenciar las fortalezas de tu paciente en terapia

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Terapia basada en fortalezas
La terapia basada en fortalezas no es un añadido, debería ser una pieza clave del tratamiento. [Foto libre: Pexels]

Desde sus inicios y durante gran parte de la historia de la psicología clínica, la psicoterapia se elaboró en torno a una pregunta fundamental: ¿qué está funcionando mal y cómo podemos solucionarlo?

La identificación de los síntomas y los factores predisponentes, así como el diagnóstico y el análisis de las experiencias pasadas han ocupado un lugar preponderante en la práctica clínica. Por supuesto, siguen siendo elementos indispensables para comprender y tratar muchos problemas psicológicos, pero la terapia se queda corta si solo consigue que una persona deje de sentirse mal y no la ayuda a desarrollar sus recursos para que pueda desenvolverse con mayor eficacia en la vida cotidiana o afronte mejor otros problemas que se le presenten.

La llegada de la Psicología Positiva, impulsada por Martin Seligman a finales de 1990, contribuyó a ampliar esa mirada al plantear una cuestión que hasta entonces había recibido menos atención: ¿qué permite que una persona funcione bien, incluso en circunstancias difíciles?

Ese cambio de perspectiva no implica minimizar los síntomas ni dejar de explorar el pasado, sino ampliar el foco para identificar además los recursos psicológicos que ya posee la persona y enseñarle a utilizarlos de manera más consciente. En ciertos casos, trabajar esas fortalezas incluso puede convertirse en una vía para favorecer el cambio terapéutico y fomentar la autonomía.

De hecho, un metaanálisis publicado en Psychoterapy Research reveló que incorporar el trabajo con fortalezas en el tratamiento puede aportar beneficios adicionales y a menudo genera resultados casi inmediatos, por lo que sugiere que movilizar los recursos del paciente no es simplemente un complemento motivacional, sino que forma parte activa del proceso de cambio.

¿Qué es – y qué no es – la terapia basada en fortalezas?

Uno de los principales riesgos de trasladar el concepto de fortalezas a la consulta sin la formación adecuada es convertirlo en una versión ultra simplificada del positivismo. O sea, pedirle a la persona que piense en positivo, se centre en lo bueno o encuentre una oportunidad en cada dificultad.

La terapia basada en fortalezas no es eso.

Una fortaleza es una característica psicológica relativamente estable que permite a una persona pensar, sentir o comportarse de manera que favorece su adaptación y desarrollo. La tarea del psicólogo no consiste simplemente en detectar esas fortalezas, sino en comprender cuándo, cómo y en qué medida puede utilizarlas de forma funcional.

Por ejemplo, una persona puede ser muy perseverante, algo que a primera vista parece una fortaleza indiscutible, pero esa característica puede mantenerla atrapada en una relación que le hace daño o alimentar el perfeccionismo. Por eso, trabajar con fortalezas significa ayudar al paciente a utilizar de manera más flexible y contextualizada sus recursos.

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1. Empezar identificando lo que funciona

    Una buena estrategia para integrar este enfoque en la práctica clínica consiste en prestar atención durante la fase de evaluación y las primeras sesiones no solo a las dificultades, sino también a las situaciones que el paciente logra gestionar adecuadamente.

    ¿Qué hizo en el pasado cuando consiguió superar una situación similar? ¿Qué características personales lo ayudaron? ¿En qué contextos se siente más seguro y competente? ¿Qué fuerzas le reconocen otras personas? ¿Qué actividades le permiten sentirse más eficaz?

    Estas preguntas aportan información relevante, pero generalmente quedan relegadas a un segundo plano si la entrevista se centra únicamente en los síntomas y sus consecuencias.

    También es útil observar las estrategias que el paciente ya utiliza espontáneamente. Por ejemplo, una persona con ansiedad puede haber desarrollado una gran capacidad de planificación; alguien que atraviesa un duelo puede mostrar una notable capacidad para pedir apoyo y un paciente con dificultades interpersonales puede conservar una elevada capacidad de introspección.

    Identificar esos recursos cambia (al menos parcialmente) la posición del paciente en la terapia porque deja de ser simplemente una persona que necesita ayuda y se convierte en alguien con recursos propios que debemos reactivar.

    2. Convertir las fortalezas en herramientas terapéuticas

    El siguiente paso consiste en pasar de la identificación a la aplicación. Si la persona es curiosa, por ejemplo, podemos utilizar esa característica para animarla a observar sus patrones de pensamiento sin juzgarlos. Si destaca por su perspectiva, podemos emplearla para ayudarle a analizar un conflicto interpersonal desde diferentes puntos de vista. Si cuenta con una elevada capacidad de autorregulación, podemos apoyarnos en ella para introducir cambios conductuales progresivos.

    La pregunta, en este punto, ya no es solo qué problema tiene sino con qué recursos cuenta para afrontarlo. Ese cambio puede ser particularmente útil en fases intermedias de la terapia, cuando el paciente ya comprende mejor sus dificultades y necesita trasladar lo aprendido a situaciones concretas.

    En ese caso, podemos acordar pequeños «experimentos» y revisar en la sesión posterior qué ha funcionado y qué dificultades han surgido. Así, las fortalezas dejan de ser cualidades “abstractas” y se convierten en recursos que el paciente aprende a reconocer, adaptar y utilizar de forma deliberada en su día a día.

    3. Trabajar las fortalezas también implica detectar sus desequilibrios

    Otro aspecto importante es evitar una concepción excesivamente estática de las fortalezas. En terapia, no basta con saber que el paciente es “resiliente”, “creativo”, “prudente” o “empático”. Es fundamental analizar cómo utiliza esas características y qué consecuencias tienen en diferentes contextos.

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    Una elevada empatía puede facilitar relaciones profundas, pero también favorecer la dificultad para establecer límites. La prudencia puede proteger frente a decisiones impulsivas, pero llevada al extremo puede convertirse en evitación. La responsabilidad facilita un buen desempeño profesional, pero también alimenta el perfeccionismo.

    Por eso, la terapia basada en fortalezas no siempre significa “aumentar” determinadas características. En ocasiones implica aprender a regularlas, combinarla con otras o saber utilizarlas en el momento adecuado.

    Este planteamiento nos permite trabajar con mayor precisión la flexibilidad psicológica. El objetivo no es que el paciente sea “más fuerte”, sino que disponga de un repertorio más amplio de respuestas y pueda elegir cuáles resultan más adaptativas en cada situación.

    Integrar fortalezas, mindfulness e inteligencia emocional con formación especializada

    El trabajo con las fortalezas también puede enriquecerse mediante otras intervenciones. El mindfulness, por ejemplo, puede ayudar a la persona a desarrollar una mayor conciencia de sus pensamientos, emociones y patrones automáticos, creando un espacio desde el que reconocer y utilizar sus recursos con intencionalidad.

    Desarrollar la inteligencia emocional aporta otro marco complementario para que la persona pueda identificar emociones, comprender su función, regularlas y utilizar la información emocional para tomar decisiones más ajustadas a su situación. Así las fortalezas no se abordan de forma aislada, sino dentro de un sistema más amplio de autorregulación y adaptación.

    Por consiguiente, el trabajo con las fortalezas en psicoterapia va mucho más allá de integrar una perspectiva positiva en las sesiones. Aplicar estas metodologías con rigor exige formación especializada, tanto para comprender sus fundamentos como para saber cuándo utilizarlas, cómo evaluarlas y cómo integrarlas adecuadamente en el proceso terapéutico.

    Por ese motivo, el IEPP, Centro de Formación Internacional de referencia especializado en programas que mejoran el bienestar, ofrece diferentes itinerarios de especialización que pueden complementar la práctica de los psicólogos, incluyendo formaciones en psicología positiva, mindfulness, inteligencia emocional y coaching de fortalezas.

    Estas propuestas permiten profundizar en herramientas y marcos de intervención que podemos incorporar de manera responsable a nuestra práctica profesional para favorecer una mayor transferencia del trabajo terapéutico a la vida cotidiana. Como resultado, la terapia deja de centrarse solamente en aliviar aquello que genera el malestar y empieza también a construir lo que puede sostener el bienestar a largo plazo.pue

    Referencias:

    Cebolla, A. et. Al. (2026) Efficacy of cultivating human strengths and virtues on well-being: A one-stage meta-analytic structural equation modeling approach. Clinical Psychology Review; 124: 102692.

    Flückiger, C. et. Al. (2023) Strength-based methods – a narrative review and comparative multilevel meta-analysis of positive interventions in clinical settings. Psychother Res; 33(7): 856-872. 

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    Escrito por Jennifer Delgado Suárez

    Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

    Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

    Revisado por Yiana M. Delgado

    Psicóloga Yiana M. Delgado

    Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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