
Cuando comienzas a destacar en algo, el consejo suele ser bastante previsible: deberías dedicarte a ello, aprovechar ese talento y seguir perfeccionándolo. Si se te dan bien los números, ¿por qué no estudiar algo relacionado con ellos? Si tienes un “don de gentes”, ¿por qué no convertirlo en tu profesión?
A primera vista, tiene sentido. ¿Para qué invertir tiempo y energía en aquello que nos cuesta más cuando podemos obtener mejores resultados haciendo lo que se nos da mejor? Sin embargo, esa lógica encierra una pequeña trampa de la que casi nadie habla: confundir aquello que hacemos bien con lo que más nos conviene hacer.
El peligro de convertir nuestras fortalezas en una jaula
Determinadas habilidades, capacidades o incluso pasiones nos permiten avanzar con menos esfuerzo, ganar confianza y encontrar oportunidades que quizá no tendríamos de otra manera. Eso no se discute.
El problema surge cuando esa habilidad deja de ser una posibilidad y se convierte en una obligación. Cuando elegimos algo, simplemente porque se nos da bien, lo convertimos en una especie de destino escrito que evapora el resto de las posibilidades.
Por ejemplo, una persona a la que se le da bien escuchar, es empática y mantiene la calma cuando las cosas se complican, puede ir asumiendo el rol de negociador en el entorno familiar e incluso es posible que haya convertido esas cualidades en su profesión. Con el tiempo, lo que empezó siendo una fortaleza termina convirtiéndose en un papel del que le resulta difícil escapar. Es probable que a esa persona le resulte difícil pedir ayuda o termine sufriendo fatiga por compasión.
Llega un punto en el que los demás esperan que siga desempeñando ese papel, de manera que la persona incluso lo asume como parte de su identidad y ni siquiera se pregunta si quiere o es inteligente hacerlo.
Así, las fortalezas acaban convirtiéndose en una especie de jaula dorada que proporcionan reconocimiento y seguridad, pero también nos mantienen en territorios demasiado conocidos. Por eso, es importante comprender que ser buenos en algo no significa que tengamos que hacerlo siempre, ni que debamos construir toda nuestra vida alrededor de esa capacidad.
¿Y si estamos dejando de descubrir otras partes de nosotros mismos?
Existe otra razón de peso para cuestionar la idea de dedicarnos exclusivamente a aquello que mejor se nos da: perdemos oportunidades para explorar otros ámbitos, desarrollar nuevas habilidades o descubrir nuevas facetas de nosotros mismos.
Cuando hacemos algo con facilidad y lo hacemos desde hace algún tiempo, es probable que obtengamos resultados mejores. Nos esforzamos menos, acabamos antes y los resultados son más óptimos.
En cambio, cuando probamos algo nuevo podemos sentirnos un poco (o muy) torpes, avanzamos más despacio, cometemos errores e incluso experimentamos cierta frustración. Cuando comparamos ambas experiencias, podemos caer en el error de pensar que estamos hechos para la primera, simplemente porque reafirma nuestra imagen de competencia.
Sin embargo, esa comparación es injusta porque estamos poniendo en la balanza una habilidad desarrollada durante años con otra que apenas estamos empezando a explorar.
Si interpretamos esa dificultad inicial como una señal de que no valemos para algo, corremos el riesgo de descartar experiencias que podrían ampliar nuestras capacidades, intereses e incluso nuestra manera de entendernos.
De hecho, dedicarnos únicamente a lo que se nos da bien implica encerrarnos en una versión limitada de nosotros mismos en la que no nos damos permiso para explorar otras facetas de nuestra personalidad. Quizá no nos convirtamos en el próximo van Gogh, pero descubramos que nos encanta pintar.
Y lo más interesante es que cuanto más lejos llegamos en esa exploración, más seguridad ganamos. No es la seguridad que proviene de saber que somos buenos en algo, sino esa seguridad más amplia que nace de saber que podemos atrevernos y, si nos esforzamos lo suficiente, lograrlo (aunque los resultados no sean perfectos).
No todo tiene que convertirse en una fortaleza
En una cultura que valora tanto el rendimiento, incluso el crecimiento personal puede terminar convirtiéndose en otra competición. En ese entorno, aprender algo nuevo solo parece tener sentido si nos permite destacar, mejorar nuestro currículum o conseguir resultados visibles. Si no somos especialmente buenos, la actividad empieza a parecernos una pérdida de tiempo.
Sin embargo, no todo lo que hacemos en la vida debe producir una ventaja concreta. Podemos aprender a tocar un instrumento sin aspirar a dar conciertos, practicar un deporte sin competir o estudiar una materia que no tenga ninguna utilidad profesional. También podemos probar algo simplemente porque nos despierta curiosidad.
Esta distinción es importante porque amplía el significado del crecimiento. Desarrollarnos no consiste únicamente en perfeccionar nuestras capacidades más rentables, sino también en cultivar intereses, explorar otras formas de pensar y aprender a tolerar la incomodidad de ser principiantes.
De hecho, permitirnos hacer algo sin destacar puede ser extremadamente liberador. Cuando no necesitamos demostrar que somos buenos, podemos prestar más atención al proceso, disfrutar de los pequeños avances y descubrir qué nos interesa realmente, sin la presión de tener que convertirlo en otra fuente de reconocimiento.
No necesitamos ser excelentes en todo. Tampoco tenemos que transformar cada afición en una segunda profesión. A veces, el valor de una experiencia reside precisamente en que no necesitamos justificarla por sus resultados.
Aprovechar nuestros talentos sin renunciar a explorar
Obviamente, cuestionar la idea de que debemos dedicarnos a aquello que se nos da mejor no significa despreciar nuestros talentos ni abandonar de manera impulsiva un camino en el que hemos invertido tiempo y esfuerzo. Si una actividad nos satisface, encaja con nuestros valores y nos permite desarrollar la vida que deseamos, tiene todo el sentido seguir cultivándola.
Lo que digo es que de vez en cuando conviene hacer un alto en el camino, poner en pausa el piloto automático y elegir lo que hacemos por las razones adecuadas y no únicamente porque siempre se nos ha dado bien, porque los demás esperan que continuemos o porque nos asusta empezar desde cero.
Para ello, podemos hacernos algunas preguntas:
¿Seguiría eligiendo esta actividad si nadie me felicitara por hacerla bien?
¿Me sigue interesando o simplemente me resulta familiar?
¿Qué otras cosas me gustaría probar si no tuviera que ser competente desde el principio?
¿Estoy aprovechando mis capacidades o escondiéndome detrás de ellas para evitar la incertidumbre?
Podemos seguir haciendo lo que se nos da bien y, al mismo tiempo, abrirnos a experiencias que nos conviertan en personas más versátiles, curiosas y conscientes de nuestras posibilidades. A fin de cuentas, el verdadero crecimiento no consiste en llegar a ser extraordinarios en aquello que ya dominamos, sino en atrevernos a explorar todo lo que todavía no sabemos hacer.



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