Actualizado: 20/12/2025 por Jennifer Delgado | Publicado: 19/06/2020

Los diferentes tipos de expectativas que alimentamos acaban dando forma a nuestro mundo. Como dijera la escritora J.K. Rowling: “vemos lo que queremos ver”. El problema comienza cuando nuestras expectativas se distancian demasiado de la realidad, de manera que lo que esperamos y deseamos no se cumple. Entonces es inevitable que sobrevenga la frustración, la ira y/o el desánimo.
¿Cómo se forman las expectativas? La ciencia detrás de lo que esperamos
Las expectativas no son más que suposiciones que realizamos de cara al futuro, anticipaciones de lo que podría pasar basadas en una serie de aspectos subjetivos y objetivos. De cierta forma, también son como una especie de lente a través de las cuales interpretamos la realidad para intentar anticiparnos a lo que podría suceder.
Desde muy temprano en la vida, aprendemos a anticipar resultados basándonos en experiencias pasadas, observaciones del entorno y mensajes recibidos de quienes nos rodean. Por ejemplo, un niño que recibe elogios por sus dibujos empezará a esperar reconocimiento cada vez que pinte, mientras que otro que experimenta críticas repetidas puede anticipar el rechazo o la desaprobación incluso antes de mostrar su trabajo. Esas primeras experiencias actúan como cimientos sobre los que construimos nuestras creencias sobre cómo el mundo responde a nuestras acciones.
A medida que crecemos, las expectativas se van nutriendo de normas sociales y culturales. Vivimos en sociedades que nos dicen, ya sea de manera explícita o implícita, cómo “deberían” ser las cosas: qué logros son valiosos, qué valores son correctos o incluso qué emociones son aceptables. Esas reglas sociales funcionan como guías invisibles que moldean nuestras anticipaciones.
Por ejemplo, un estudio realizado en la Universidad de La Laguna constató que las culturas colectivistas generan mayores expectativas de conformidad social y ven muy mal la transgresión de las normas, por lo que las personas internalizan esas reglas implícitas, que terminan moldeando su comportamiento. Por tanto, muchas expectativas no nacen de nuestra experiencia directa, sino de la internalización de esas ideas y modelos externos.
La personalidad es otro factor clave en la formación de las expectativas. He comprobado que las personas con tendencia a la ansiedad suelen anticipar problemas incluso en situaciones neutras, mientras que quienes son optimistas suelen prever resultados positivos. De manera similar, la autoestima juega un papel decisivo. Si una persona confía en sus habilidades, probablemente esperará tener éxito. En cambio, alguien que dude de sí mismo anticipará el fracaso.

Todo eso significa que nuestras expectativas no son un reflejo objetivo de la realidad, sino una mezcla de experiencias, aprendizajes, modelos sociales y rasgos psicológicos.
Por último, es importante comprender que las expectativas también se refuerzan a nivel cerebral. Los neurocientíficos han comprobado que cada vez que una expectativa se cumple, nuestro cerebro la registra y fortalece, aumentando la probabilidad de que esperemos resultados similares en el futuro. Por el contrario, cuando nuestras predicciones fallan, se produce un choque que puede generar frustración pero también un reajuste, dependiendo de nuestra capacidad de adaptación.
Eso significa que las expectativas no deberían ser estáticas, sino seguir un proceso dinámico de construcción y modificación en función de nuestras vivencias, emociones y, por supuesto, la retroalimentación que recibimos del entorno.
¿Qué tipos de expectativas existen?
Para entender cómo nos anticipamos a los acontecimientos, conviene hacer una distinción meramente didáctica entre expectativas internas y externas, aunque en la realidad ambas se retroalimentan.

– Expectativas internas
Son las que nos imponemos. Incluyen creencias sobre qué tipo de persona deberíamos ser, qué normas deberíamos seguir y a qué podríamos aspirar. Por ejemplo, pensar “debo rendir siempre al máximo” o “no debería sentir miedo” refleja expectativas internas. Esas anticipaciones nacen fundamentalmente de nuestra historia personal, nuestra personalidad y las experiencias que hemos acumulado, y nos señalan qué consideramos adecuado, aceptable o suficiente para nosotros mismos.
1. Expectativas de autorrealización
¿En qué consisten? Reflejan nuestro deseo de crecer, desarrollarnos y alcanzar nuestro máximo potencial. No se limitan a objetivos concretos, sino que incluyen la búsqueda de significado y propósito en lo que hacemos. Vinculadas con la satisfacción personal y el sentido de logro, reflejan a lo que aspiramos para nosotros mismos.
Ejemplos:
- Esperar que nos asignen un proyecto profesional ambicioso.
- Desear un logro académico significativo, como publicar un artículo de investigación.
- Querer emprender un proyecto creativo o artístico, como escribir una novela, componer música o montar una exposición fotográfica.
2. Expectativas de merecimiento
¿En qué consisten? Se basan en la idea de justicia personal: creemos que los resultados deberían corresponder a nuestro esfuerzo, conducta o valores. Implican una sensación interna de “merecer” ciertas recompensas, reconocimiento o resultados positivos por lo que hemos dado o hecho. Son determinantes para la motivación, pero también pueden generar frustración cuando no recibimos lo que consideramos justo.
Ejemplos:
- Esperar un ascenso o un aumento de salario tras meses de dedicación en el trabajo.
- Creer que ayudar a otros de forma desinteresada debería generar reconocimiento, gratitud o apoyo recíproco.
- Pensar que los esfuerzos personales en un proyecto deberían ser reconocidos y premiados públicamente.
3. Expectativas de control
¿En qué consisten? Intentan reducir la incertidumbre anticipando resultados y escenarios futuros. Se generan debido a nuestra necesidad de sentir que el mundo es un sitio seguro, estable y predecible. De cierta forma, nos ayudan a planificar y prepararnos para lo que podría ocurrir, pero también podrían generarnos angustia y preocupaciones innecesarias o incluso sensación de culpa si no se materializan.
Ejemplos:
- Pensar que como hemos preparado todo detalladamente, no habrá problemas ni contratiempos.
- Esperar que como hemos hecho «A», se producirá «B» (sí o sí).
- Creer que podemos controlar los factores relacionados con nuestra salud.
4. Expectativas afectivas
¿En qué consisten? Se centran en anticipar cómo nos sentiremos emocionalmente en diferentes contextos. Incluyen tanto las reacciones positivas, como alegría y orgullo, como las emociones negativas, como miedo o enfado. A menudo determinan la manera en que planificamos, actuamos y valoramos nuestras experiencias, y están estrechamente vinculadas a la satisfacción personal.
Ejemplos:
- Esperar sentirse orgulloso y realizado tras completar un proyecto personal o profesional importante.
- Anticipar alegría y conexión al reencontrarse con familiares o amigos después de un largo período de separación.
- Creer que cierta actividad no es para nosotros o que nos hará sentir mal.
5. Expectativas de competencia
¿En qué consisten? Reflejan nuestra creencia de que debemos ser capaces, eficientes y competentes en lo que emprendamos. Se refieren tanto a nuestras habilidades de resolución de problemas como a las de toma de decisiones, la capacidad de enfrentar desafíos o de relacionarnos. Este tipo de expectativas puede motivarnos a aprender y superarnos, pero también causan frustración si sentimos que no estamos a la altura.
Ejemplos:
- Esperar que seremos capaces de manejar con soltura una nueva herramienta de trabajo.
- Creer que podemos superar un examen gracias a nuestra preparación y conocimientos previos.
- Anticipar que podremos lidiar con los conflictos interpersonales sin que «la sangre llegue al río».
– Expectativas externas
Son las que proyectamos hacia los demás o hacia el mundo. Incluyen deseos, suposiciones o proyecciones sobre cómo deberían actuar, pensar o sentir otras personas, o cómo debería desenvolverse nuestra vida en general. Por ejemplo, esperar que un amigo siempre nos apoye o creer que nuestro trabajo debería ser reconocido automáticamente son ejemplos de expectativas externas. Estas beben mucho de la cultura, la sociedad y las relaciones que mantenemos, y nos ayudan a anticipar comportamientos o resultados en nuestro entorno.
6. Expectativas normativas o sociales
¿En qué consisten? Se refieren a lo que creemos que los demás deberían hacer o cómo deberían comportarse, según las normas sociales, culturales o grupales. Se basa en la idea de que ciertos comportamientos son “correctos” o “aceptables” mientras que otros son dañinos, por lo que generan anticipaciones sobre la conducta de otros.
Ejemplos:
- Esperar que los compañeros de trabajo mantengan una conducta profesional.
- Esperar que en un transporte público la gente ceda el asiento a personas mayores, embarazadas o con discapacidad.
- Creer que los conductores respetarán las señales de tráfico y normas de seguridad vial.
7. Expectativas de rol
¿En qué consisten? Se enfocan en cómo creemos que las personas deberían comportarse, no en sentido general, sino según los roles que desempeñan en la vida social, familiar o profesional. Se alimentan de la percepción de obligaciones y responsabilidades asociadas a cada rol específico.
Ejemplos:
- Esperar que un líder tome decisiones responsables y guíe al grupo con criterio.
- Creer que un padre o una madre debe cuidar, proteger y educar bien a sus hijos.
- Pensar que en la infidelidad no tiene cabida en la relación de pareja.
8. Expectativas de desempeño
¿En qué consisten? Implican anticipar que otras personas deben cumplir con ciertos estándares de eficacia, resultados o calidad en sus acciones. Estas expectativas reflejan la creencia de que los demás “deberían” rendir de acuerdo con estándares específicos, que generalmente son determinados por la sociedad o la cultura.
Ejemplos:
- Esperar que nos entreguen un informe completo y sin errores en la fecha acordada.
- Creer que un proveedor o colaborador cumplirá con los plazos de entrega establecidos.
- Anticipar que uno de los dos miembros de la pareja se encargue de las labores del hogar.
9. Expectativas de apoyo o reciprocidad
¿En qué consisten? Se refieren a la anticipación de recibir ayuda, comprensión, cooperación o reciprocidad de los demás. Se basan en la creencia de que nuestras acciones deberían generar respuestas similares o apoyo mutuo, lo que se conoce como «efecto de reciprocidad». De hecho, un experimento clásico de la Universidad de Cornell comprobó que cuando percibimos que nos dan algo adicional, aumenta nuestra predisposición a corresponder el “favor”.
Ejemplos:
- Esperar que un amigo nos apoye emocionalmente cuando estamos pasando por un momento difícil.
- Creer que los compañeros de equipo colaborarán y compartirán responsabilidades.
- Anticipar que alguien nos devolverá el favor que le hemos hecho.
10. Expectativas de justicia
¿En qué consisten? Se centran en la idea de que los demás – y el mundo en general – deberían actuar de manera equitativa, coherente y ética. Implican anticipar que se respetarán los derechos, se cumplirán las promesas y se distribuirán recompensas o consecuencias de manera justa. No obstante, el principal problema de estas expectativas es que dan por sentado que todos usan nuestra «vara de medir»
Ejemplos:
- Anticipar que todos respetarán las reglas.
- Esperar que se reconozca y recompense nuestro esfuerzo de manera proporcional al trabajo realizado.
- Creer que el universo o el karma devuelve el mal o el bien hecho.
El problema comienza cuando estos tipos de expectativas se vuelven irracionales, en gran parte porque no tenemos en cuenta los deseos y necesidades de los demás. Y también porque no incluimos en la ecuación la imprevisibilidad del mundo y la incertidumbre que siempre existe. Como resultado, terminamos indignándonos o entristeciéndonos cuando esas expectativas que con tanto esmero habíamos alimentado caen en saco roto.
¿El secreto? Diferenciar la anticipación del deseo
Nuestro equilibrio mental saldrá beneficiado si en vez de seguir alimentando expectativas irreales, somos capaces de diferenciar la anticipación del deseo. El deseo de que algo ocurra – o no – suele tener una base profundamente subjetiva. Deseamos evitar todo aquello que nos desagrada o molesta mientras preferimos aquello que nos hace sentir bien. Es normal. Pero alimentar expectativas únicamente en base a esos estados de repulsión o atracción nos alejará cada vez más de la realidad, condenándonos a la frustración.
La anticipación, al contrario, es positiva e incluso necesaria para nuestra vida cotidiana. La anticipación se alimenta de nuestras experiencias, pero también es un proceso razonado en el que tenemos en cuenta los factores en contra. Anticipar lo que podría pasar puede ayudarnos a prepararnos de antemano, elaborar un plan de acción alternativo, de manera que evitemos posibles problemas y conflictos.
Solo debemos asegurarnos de que esa anticipación proviene de un análisis ponderado de la situación. El deseo influirá. Sin duda. Pero debe ser solo un factor de la ecuación, y es conveniente que no sea es el más importante. Por consiguiente, la próxima vez que pensemos que nos merecemos algo, que las personas se deben comportar de cierta forma o que las cosas saldrán como imaginamos, deberíamos detenernos un segundo a pensar si nuestras expectativas no nos estarán conduciendo por un camino erróneo.
Referencias:
Betancor, V. et. al. (2023) Cultural variations in perceptions and reactions to social norm transgressions: a comparative study. Front. Psychol; 14: 10.3389.
Cohen, M. X. (2007) Individual differences and the neural representations of reward expectation and reward prediction error. Soc Cogn Affect Neurosci; 2(1): 20-30.
Regan, D. T. (1971) Effects of a Favor and Liking on Compliance. Journal of Experimental Social Psychology; 7(6): 627-639.



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