
Hay una inquietud silenciosa que atraviesa y mina muchos vínculos: la forma en que ciertas personas, atrapadas en su propio desencanto, se convierten en expertas en señalar, cuestionar o interferir en la vida de los demás. Ya advertía Jean-Paul Sartre que “el infierno son los otros”. Sin embargo, sería mejor matizar esa idea. No todos los otros. Solo aquellos que no tienen nada más que hacer que entrometerse en las vidas ajenas. Y es que únicamente el que no está avanzando, tiene tiempo para molestar a los demás.
Vivir a través de los demás
Para Sartre, todos estamos llamados a inventarnos desde la responsabilidad individual. Pero para muchas personas, esa libertad no es un privilegio, sino más bien una carga. Una condena. Cuando esa tarea parece titánica o asusta, lo más común es “desresponsabilizarse”. Eso puede conducir a la “mala fe” o a la alienación, según el filósofo existencialista.
Cuando una persona no se responsabiliza de su propia existencia, sino que delega sus decisiones en los demás o en el destino, suele caer en la apatía. O sea, se aburre. Y para distraerse de ese vacío existencial, es probable que husmee en la vida de los demás.
Cuando se camina en círculos, el vacío busca formas de compensación. De cierta manera, se comienza a vivir a través de los demás. El otro se convierte en un campo de operaciones: se lo observa, se lo orienta, se le sugiere, se le interviene. La intromisión, en estos casos, no nace del deseo de ayudar, sino de la necesidad de existir a través de esa «ayuda». De ganar peso en el mundo incrustándose en la vida ajena. Es una manera de sentirse «indispensable» o ganar importancia sin tomar las riendas de la propia historia.
Básicamente, en vez de recorrer el propio sendero, se empieza a custodiar el de los demás. Entonces se ofrecen consejos no solicitados y se intenta ocupar un “rol técnico” en su vida: el de experto emocional, terapeuta improvisado o gestor de caminos que no se transitan, pero se fiscalizan con rigor.
Esta dinámica suele ser un intento de reconstruir una identidad perdida. Cuando una persona delega sus decisiones al azar, a la comodidad o a la rutina, la vida de los otros se convierte en un sustituto. No se trata solo de distracción, sino de una auténtica transferencia existencial; o sea, «como no sé qué hacer con mi vida, haré algo con la tuya«. A fin de cuentas, es más fácil empujar a los otros que lanzarse uno mismo, con todos los riesgos que ello conlleva.
Paradójicamente, la persona que molesta a los demás a menudo se presenta como una figura noble, indispensable y abnegada. Pero bajo esa fachada de entrega se esconde una forma encubierta de control ya que al no tener las riendas de su vida, intenta tomar la de los otros.
Ese mecanismo puede adoptar muchas variantes: la madre que no sabe qué hacer con su vida tras la emancipación de sus hijos y se aferra a su agenda como si aún tuvieran diez años; el amigo que, tras años de inmovilidad, se vuelve comentarista oficial de las relaciones ajenas o el jefe que no evoluciona profesionalmente pero revisa con celo extremo los horarios, descansos y trabajo del equipo. En todos esos casos, lo que subyace no es un interés auténtico por el bienestar del otro, sino un intento de evasión de sí mismo.
Torpedear el crecimiento ajeno
Vivimos en un mundo donde el sentido se ha vuelto una materia escasa. Mientras las preguntas fundamentales de la existencia (¿quién soy?, ¿hacia dónde voy? o ¿qué vale la pena?) pierden espacio en el debate público, las redes sociales se convierten en una especie de Gran Hermano omnipresente.
Eso hace que, en lugar de mirar hacia adentro, muchas personas hayan aprendido a mirar al otro: escudriñar sus elecciones, medir sus avances, juzgar sus procesos… No suelen hacerlo por malicia, sino simplemente porque su vacío les resulta demasiado incómodo como para sostenerlo a solas.
En ese escenario, la vigilancia se convierte en una forma de evasión. Como esas personas no saben qué hacer con su tiempo, lo invierten en desmenuzar lo que haces con el tuyo. Y si, además, notan que estás creciendo, que tomas decisiones, que avanzas o que te atreves a cambiar, ese movimiento actúa como un espejo. No es tu éxito lo que les molesta, es que tu impulso desnuda su inercia. Tu transformación hace más evidente su estancamiento.
Desde esa incomodidad, muchas personas adoptan una lógica profundamente reactiva: si yo no puedo, o no quiero, moverme, tú tampoco deberías hacerlo. Obviamente, no lo dicen explícitamente, pero su comportamiento las delata: aparecen críticas veladas, comentarios sarcásticos o consejos disfrazados de advertencia. Eso revela un impulso inconsciente de dinamitar el proceso de crecimiento ajeno.
Es un sabotaje de baja intensidad, pero no por ello menos eficaz. Porque apunta justo donde más duele en ese momento de fragilidad en el que estás empezando a dar un paso y todavía tienes dudas o te sientes inseguro. Por tanto, es sumamente importante aprender a reconocer a estas personas para evitar que dinamiten tu crecimiento.
Como colofón, vale aclarar que vivir a través de los demás es una tentación comprensible, pero no es la solución, sino tan solo una forma de poner en stand-by el problema. La única salida, como recordaba Sartre, es comprometerse con la propia libertad. Asumir, con toda la angustia o incertidumbre que ello pueda generar, que tenemos la responsabilidad de convertirnos en la persona que deseamos ser. Solo entonces dejaremos de tener tiempo para entrometernos en la vida de los demás, simplemente porque estaremos demasiado ocupados construyendo la propia.
Referencia Bibliográfica:
Sartre, J. P. (1993) El ser y la nada: Ensayo de ontología fenomenológica. Barcelona: Ediciones Altaya.



Esti dice
Tenéis unos artículos muy muy interesantes y elaborados, se agradece mucho que mientras uno lee , compruebe que » no es más de lo mismo».
Gracias por divulgar un contenido tan interesante y a la vez tan práctico y esencial.
Saludos!
Jennifer Delgado dice
Hola Esti,
Muchas gracias por tu opinión, la valoro muchísimo.
Me esfuerzo por compartir mis ideas, reflexiones y las lecturas que considero más interesantes para intentar aportar una perspectiva diferente que haga reflexionar y, a la misma vez, nos sirva para el día a día.
Un saludo