
“Sé fuerte”, decían nuestros padres.
“Sé resiliente”, decimos nosotros.
Las palabras han cambiado, pero la esencia del mensaje es la misma: hay que aguantar.
Y claro que a veces no queda más remedio que ser fuerte. Pero a veces acabamos soportando lo intolerable, desgastándonos por dentro sin más razón que ese mandamiento de aguantar estoicamente contra viento y marea.
La resiliencia, un concepto poderoso mal entendido
La resiliencia está en boca de todos. El concepto ha saltado de la Psicología a la cultura popular convirtiéndose en una especie de alfa y omega, un “superpoder” útil para soportar los embates de una vida que se nos antoja cada vez más caprichosa y caótica.
Sin embargo, cuando nos imbuimos acríticamente en una cultura que idolatra la resistencia y celebra al que “sigue adelante” a pesar de todo, una cultura que piensa que quien carga la mochila más pesada y nunca se queja es el más fuerte, tenemos un problema a la vista. Y no es precisamente pequeño. Porque la verdadera fortaleza no radica en soportar lo insoportable, sino en tener el coraje de decir “basta” y cambiar lo que tiene que ser cambiado o simplemente alejarse de lo que nos daña.
Aguantar ≠ Fortalecer
La resiliencia es el proceso dinámico de adaptarse en medio de la adversidad. Implica, por una parte, que debemos exponernos a una situación particularmente difícil y, por otra, que tenemos la capacidad de alcanzar resultados positivos a pesar de las circunstancias o incluso gracias a ellas.
Sin embargo, cada vez más estudios critican la tendencia a ver la resiliencia como una especie de invulnerabilidad silenciosa, ignorando que muchas personas simplemente sobreviven sin estar bien o que no logran salir fortalecidas de esa experiencia dolorosa. O sea, resiliencia no es “rebotar” y “seguir adelante” o pensar que somos fuertes porque aguantamos sin decir nada.
Cuando asumimos que resistir es sinónimo de fortaleza, es más probable que soportemos situaciones que no deberíamos aguantar y que resistamos sin límites, como si acumular cicatrices nos hiciera merecedores de algún tipo de medalla emocional.
Hay situaciones que no deberían ser toleradas. En esos casos, soportar lo insoportable puede convertirse en un acto de pasividad encubierta. Nos va arrebatando nuestra autoeficacia y, lejos de volvernos más fuertes, nos instala en un estado de indefensión aprendida que succiona nuestra energía vital. Entonces la resiliencia se vuelve tóxica.
Acumular cicatrices no te hace un héroe, te convierte en un saco de boxeo
En el imaginario popular existe una visión heroica y romantizada de las heridas, que se equiparan con muestras de fortaleza. Sin embargo, esa narrativa a menudo pasa por alto un detalle crucial: la repetición del daño no siempre nos vuelve más resilientes, a veces solo nos traumatiza y nos deja más vulnerables o nos empuja a replegarnos en nosotros mismos, convirtiéndonos en personas cínicas, desconfiadas o amargadas.
Cada vez que ignoramos una señal que nos indica que algo no está bien, permitimos que el problema se perpetúe. Y esa acumulación de cicatrices no es un trofeo de resistencia, sino más bien la señal de que estamos llevando demasiado peso sin darnos un respiro o de que es hora de poner límites.
Al romantizar la resiliencia (ya sean todas esas noches sin dormir o el peso que cargamos solos), en realidad estamos glorificando un desequilibrio. Y eso puede hacer que otros (o nosotros mismos) pensemos que “aguantar” sin quejarse es lo correcto.
Pero no es así. O al menos no siempre.
La resistencia emocional sin descanso no es una virtud, es un mero mecanismo de supervivencia que acaba erosionando nuestra salud mental. De hecho, las investigaciones han comprobado que la resiliencia tóxica cronifica la postura de “aguantar”, lo cual acaba deteriorando la percepción de control y el sentido vital y nos vuelve más propensos al burnout emocional.
Una nueva narrativa para la resiliencia: elegir hasta cuándo y cómo aguantar
Imaginemos por un segundo que la narrativa de la resiliencia no se enfoque solo en aguantar sino en elegir. Que deje de ser un trofeo de cicatrices y se convierta en un acto de coherencia con nosotros mismos. Desde esa perspectiva, no es más resiliente quien más soporta, sino quien más se escucha, decide y actúa. No es más resiliente quien cae más veces, sino el que más veces decide levantarse y toma medidas para no tropezar dos veces con la misma piedra.
La clave radica en transformar la narrativa de la resiliencia tóxica que equipara la fuerza con aguantar en una resiliencia realmente empoderadora que nos dé la fuerza para decidir y actuar en consecuencia.
1. Reconoce cuando has aguantado demasiado
Hazte la pregunta: ¿estoy soportando porque realmente no tengo otra opción o porque me enseñaron que hay que aguantar? Spoiler: a menudo seguimos resistiendo por simple inercia emocional, por miedo a decepcionar o por no admitir que algo nos duele más de lo que debería. Detectar ese punto de saturación no es rendirse, es empezar a recuperar el control. Cuando lo reconoces, dejas de ser víctima y puedes elegir conscientemente cómo seguir adelante.
2. Distingue la diferencia entre adaptarse y resignarse
Adaptarse implica flexibilidad y movimiento. Resignarse es inmovilidad disfrazada de paciencia. La diferencia está en sus efectos porque uno transforma y el otro apaga. La verdadera resiliencia es un proceso dinámico de interacción entre la persona y su entorno, no un simple “aguantar sin quejarse”. Por eso, ser resiliente no es soportar lo injusto, sino buscar nuevas formas de vivirlo o intentar dejarlo atrás.
3. Da un paso, aunque sea pequeño
No basta con mentalizarnos con que algo tiene que cambiar: tenemos que atrevernos a dar un paso, aunque sea pequeño. Decir “basta” no es un fracaso, es una forma de autocuidado. De hecho, esa decisión puede requerir más coraje que todo el esfuerzo previo por resistir. Podría tratarse de poner fin a una relación que nos está drenando, pedir ayuda profesional, modificar un hábito o simplemente dejar de decir “sí” cuando queremos decir “no”. Cada acción interrumpe el ciclo de la resistencia pasiva. No te propongas «aguantar solo un poco más» cuando ya has soportado bastante, el alivio comienza con el movimiento, no necesariamente cuando todo se soluciona.
En definitiva, deberíamos dejar de romantizar al que se queda cuando todo lo empuja a irse y empezar a celebrar al que decide cambiar, al que se respeta, al que se levanta o se retira con dignidad. Porque la verdadera fortaleza no está en resistir más lo que venga, sino en reconocer que incluso la resistencia tiene un límite. Y tú, que lo estás sintiendo, que lo estás reconociendo y que tal vez estás pensando en decir “basta”, debes saber que eso también es fuerza y valentía. Y mereces que se reconozca.
Referencias:
Maslach, C. & Leiter MP. (2016) Understanding the burnout experience: recent research and its implications for psychiatry. World Psychiatry; 15(2): 103-111.
Luthar, S. S. et. Al. (2000) The construct of resilience: a critical evaluation and guidelines for future work. Child Dev; 71(3): 543-562.



Deja una respuesta