
¿Alguna vez te ha ocurrido que, después de lograr algo importante, quizá un deseo largamente acariciado o una meta ambiciosa, te sientes profundamente vacío? Se supone que deberías sentirte alegre y orgulloso de lo que has conseguido, pero en vez de estar flotando en el séptimo cielo se cierne sobre ti una sensación de abulia y apatía que no logras comprender ni sacudirte de encima.
En realidad, esa sensación de vacío tras cumplir un sueño o lograr una meta es más común de lo que piensas y, aunque tiene varias explicaciones (desde una caída de la dopamina hasta un desencuentro entre las expectativas y la realidad), hay otra causa mucho más profunda que la mayoría de las personas no están dispuestas a aceptar, pero que puede cambiar radicalmente la forma en que ves y afrontas tu vida.
Deseos fabricados en serie
Solemos pensar que somos los artífices exclusivos de nuestros deseos y sueños, pero detrás de muchas de esas metas realmente se esconde un entramado de presiones sociales, expectativas ajenas e íconos culturales que moldean de manera subrepticia pero inequívoca tanto lo que queremos como aquello a lo que aspiramos.
En un experimento clásico de la Psicología, Muzafer Sherif proyectó en una habitación completamente a oscuras un punto de luz que parecía moverse debido a un efecto óptico, aunque en realidad no lo hacía. En un primer momento, cada participante debía estimar la magnitud del movimiento. Luego debían estimarla en grupo y, finalmente, al cabo de una semana, volvían al laboratorio para estimar individualmente la amplitud de movimiento.
Lo curioso fue que cada grupo encontró su propia «norma social»; o sea, llegaron a un acuerdo tácito sobre la cantidad de movimiento. Pero aún más curioso fue que, una semana después, cada persona mantenía la respuesta de su grupo, aunque hubiese diferido de la suya inicialmente. Este sencillo experimento nos demuestra que la influencia social es mucho más profunda y silenciosa de lo que pensamos, por lo que acaba determinando nuestras metas y deseos, muchas veces sin ser conscientes de ello.
Obviamente, el problema no es que nos adaptemos al grupo puesto que necesitamos hacerlo para vivir en sociedad, el problema es, como advertía Erich Fromm en “Tener o ser” (un libro de lectura obligatoria), que el sistema moldea nuestros deseos para orientarlos al consumo y la posesión, sustituyendo necesidades auténticas por necesidades artificiales. Afirmaba que “el hombre moderno vive con la ilusión de que sabe lo que quiere, mientras que en realidad quiere lo que se supone que va a querer”.
Cuando perdemos la conexión con nosotros mismos, la capacidad para mirar dentro y preguntarnos qué necesitamos, queremos y deseamos al margen de lo que imponga la sociedad, es normal que ese espacio termine ocupado con deseos fabricados en serie que hemos introyectado, pero que en realidad no nos pertenecen.
De más está decir que cuando esos deseos finalmente se materializan no nos aportan la alegría, la satisfacción o el orgullo que esperábamos simplemente porque no hacen resonancia con nuestras auténticas necesidades. Quizá hayamos logrado algo importante. Sí. Pero… ¿importante para quién?
Identidades vacías de un catálogo pre confeccionado
El capitalismo requiere una hábil fabricación de los deseos para vendernos cosas y experiencias que realmente no necesitamos y que, en muchas ocasiones, ni siquiera tienen que ver con nosotros. “Lo hace exponiéndonos a imágenes, textos y vídeos que elige el algoritmo o la publicidad para condicionar con sutileza nuestros deseos”, señaló Yanis Varoufakis en “Tecnofeudalismo” (otro libro que recomiendo).
Aunque lo peor de todo no es ni siquiera que nos vendan cosas innecesarias, sino que nos bombardean con identidades y estilos de vida perfectamente empaquetados bajo títulos aparentemente llamativos como “emprendedor exitoso”, “cuerpo perfecto” o una “vida interesante”. Cada una de esas etiquetas viene acompañada de un paquete de metas, hábitos y aspiraciones que asumimos como propios sin apenas cuestionarlos. Creemos que elegimos libremente, cuando en realidad estamos seleccionando dentro de un catálogo previamente configurado.
La paradoja es que cuanto más fielmente sigamos esos modelos y más éxito tengamos, más nos alejaremos de nosotros mismos. “Cuanto mayor es la capacidad de la tecnoestructura para avivar las pasiones, mayor es el vacío interior que se percibe cuando estas se atienden”, alertaba Varoufakis.
Y es que el sistema no solo fabrica necesidades, deseos e identidades artificiales, sino también frustraciones y vacíos existenciales en serie. Varoufakis señalaba que «cuanto más se satisfacen nuestros anhelos producidos en serie, menos saciados nos sentimos”, simplemente porque se trata de hitos artificiales.
En esos casos, la satisfacción dura poco y saca a la luz el vacío interior. En ese momento es cuando sentimos con más fuerza la desconexión con nuestro “yo” y la incapacidad para saber lo que queremos y deseamos de verdad.
¿Cuál es la solución?
No voy a perderme en más disquisiciones filosóficas, sino que te propongo un ejercicio muy sencillo. Si la última meta importante que alcanzaste (ya sea terminar la carrera, comprarte un piso o lograr el “trabajo de tus sueños”) te dejó con un sabor extraño de boca, es probable que debas replantearte algunas cosas de tu vida.
Por tanto, pregúntate: “¿qué quiero realmente?”. Y vuelve a preguntártelo todas las veces que sea necesario porque es probable que las primeras respuestas que acudan a tu mente sean deseos preconfeccionados, ideas que alguien más ha implantado haciéndote creer que debes aspirar a eso. Cuando finalmente creas que has encontrado tu respuesta, vuelve a preguntarte: “¿es eso lo que quiero realmente?”. Y presta atención a cómo responde tu cuerpo, que es el mejor amplificador del instinto que probablemente llevas tiempo acallando.
Tras años acumulando expectativas ajenas, es difícil eliminar todas las capas sociales que se han ido formando para mirar dentro de uno mismo. De hecho, es posible que cuando finalmente te deshagas de todo lo que supuestamente deberías desear, no sepas lo que quieres. Eso asusta. Mirar al vacío interior puede generar cierto vértigo existencial, pero es un buen comienzo para empezar a construir una vida más alineada contigo mismo en la que cada paso te aporte una alegría y una satisfacción auténticas.
Referencia:
Sherif, M. (1935) A study of some social factors in perception. Archives of Psychology; 27(187).



Deja una respuesta