
En 1977, el psicólogo John Welwood comenzó a observar un fenómeno que se repetía con sorprendente frecuencia entre personas profundamente comprometidas con el budismo y otras prácticas contemplativas. Muchos meditaban durante horas, asistían a retiros espirituales y hablaban constantemente de compasión, desapego o conciencia plena, pero en sus relaciones personales seguían mostrando los mismos patrones de arrogancia, evitación emocional o necesidad de sentirse especiales.
Fue entonces cuando acuñó el término spiritual bypassing (evasión espiritual), para referirse a la tendencia a utilizar las ideas y prácticas espirituales para no tener que enfrentarse a viejas heridas emocionales, conflictos latentes y sus propias sombras. En gran parte, ese fenómeno se debe al “ego espiritual”. Y es probable que lo hayas visto en acción.
Cuando el ego cambia de disfraz
Solemos asociar el ego con el egoísmo y el egocentrismo. A fin de cuentas, tienen la misma raíz etimológica. Lo vinculamos a la vanidad y la presunción, por lo que nos resulta relativamente fácil identificarlo.
Sin embargo, el ego espiritual es mucho más sutil. No presume de la manera tradicional, sino que se presenta con un aire de supuesta humildad que en realidad rezuma superioridad. El ego espiritual mira con cierta condescendencia a los demás, como si todos estuvieran en un nivel de conciencia inferior. Y, curiosamente, cuanto más habla de humildad, menos humilde parece.
Es como si el deseo de crecer a nivel personal se transformara, sin que nos demos cuenta, en una competición silenciosa por ser más conscientes, más evolucionados espiritualmente, más puros, más morales o más desapegados. La etiqueta varía según la religión o la práctica espiritual, pero el objetivo es el mismo: colocarse por encima de los demás.
Entonces la persona cae en una gran paradoja porque cuanto más convencida está de haber trascendido el ego, más probable es que sea ese ego quien esté llevando el volante.
Convertir la espiritualidad en una identidad
La Teoría de la Identidad Social desarrollada por Henri Tajfel y John Turner explica que tenemos la tendencia a valorar de manera más positiva a los grupos de los que formamos parte y, casi sin darnos cuenta, a compararlos favorablemente con los demás.
No es extraño puesto que construimos nuestro autoconcepto y autoestima en base a los grupos con los que nos identificamos. Cuando sentimos que pertenecemos a un grupo, solemos percibirlo como más valioso. Es un mecanismo psicológico mediante el cual intentamos mantener la coherencia de la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Eso también ocurre con las creencias espirituales o religiosas. De hecho, la espiritualidad y la religión recrudecen ese fenómeno porque ofrecen algo que todos buscamos: una explicación a quiénes somos, cómo debemos vivir y cuál es el sentido de nuestra existencia.
El problema surge cuando la práctica deja de ser una herramienta de transformación personal para convertirse en la base de nuestra identidad. En vez de pensar que practicamos yoga porque nos ayuda a vivir de manera más serena, empezamos a pensar que somos más evolucionados que los demás. En lugar de simplemente reconocer que practicamos determinada religión, nos convencemos de que esa fe nos convierte en alguien moralmente superior o más cercano a la verdad que quienes creen en otra cosa o no creen en nada.
Así, en vez de usar la espiritualidad como una herramienta para conocernos y vivir mejor, acabamos utilizándola como una nueva etiqueta de identidad. Ya no somos simplemente una persona que practica yoga o que acude a la iglesia, sino que creemos que quienes no comparten nuestra visión están equivocados o llevan un estilo de vida inferior. En ese preciso momento, la práctica espiritual deja de ser un camino y se convierte en un pedestal.
¿Cómo saber si estamos cayendo en esta trampa?
El ego espiritual suele manifestarse de formas más discretas, pero es posible detectar su influencia si nos mantenemos atentos a ciertas señales:
- Nos molesta sobremanera que alguien cuestione nuestras creencias. Cuando la espiritualidad forma parte de nuestro camino de crecimiento, las preguntas de los demás pueden resultar incómodas, pero también son una oportunidad para reflexionar. Sin embargo, cuando manda el ego espiritual, cualquier discrepancia se vive casi como un ataque personal. No sentimos que estén cuestionando una idea, sino nuestra propia identidad. Por eso reaccionamos a la defensiva, nos enfadamos o sentimos la necesidad de demostrar que tenemos razón, en vez de escuchar con curiosidad.
- Necesitamos mencionar constantemente nuestras prácticas espirituales. Sin darnos cuenta, nos aseguramos de que los demás sepan que meditamos todos los días, que hacemos retiros espirituales o que seguimos fielmente determinados rituales religiosos. Compartir esas experiencias no tiene nada de malo. Obviamente. El problema surge cuando lo hacemos para proyectar determinada imagen o para obtener reconocimiento. En ese caso, la práctica espiritual deja de ser algo íntimo y se convierte en una especie de carta de presentación con la que intentamos transmitir que somos personas más conscientes, equilibradas o virtuosas.
- Pensamos que quienes no comparten nuestra visión espiritual viven “dormidos”. Una de las señales más claras de que el ego espiritual ha tomado el mando es que divide el mundo entre quienes “han despertado” y quienes todavía no lo han hecho. Empezamos a interpretar cualquier comportamiento diferente al nuestro como una muestra de ignorancia, inmadurez o falta de evolución. Esa forma de pensar simplifica enormemente la realidad y nos impide comprender que, en la vida, existen muchas maneras de encontrar sentido, bienestar o crecimiento personal.
- Sentimos la necesidad de corregir continuamente a los demás o de mostrarles el “camino”. En vez de respetar que cada persona tiene su propio camino, sentimos el impulso de explicar constantemente cómo deberían vivir, pensar o afrontar sus problemas. Damos consejos no solicitados, interpretamos las dificultades ajenas desde nuestra visión espiritual y creemos que, si los demás siguieran nuestro ejemplo, dejarían de sufrir. Aunque esa actitud pueda disfrazarse de buenas intenciones, a menudo responde más a la necesidad de confirmar que hemos encontrado la respuesta correcta que a un verdadero deseo de ayudar.
- Creemos que hemos alcanzado un nivel de conciencia superior o que somos mejores moralmente. Quizá esta sea la trampa más peligrosa, porque suele pasar desapercibida para quien ha caído en ella. Empezamos a pensar que somos menos materialistas, más compasivos, más evolucionados o simplemente “mejores personas” que quienes no comparten nuestras prácticas o creencias. El problema de esta idea es que cuando nos convencemos de haber alcanzado un nivel superior, dejamos de cuestionarnos y de crecer.
Aunque quizá la señal más importante es dejar de escuchar lo diferente, simplemente porque quien cree haber encontrado todas las respuestas ya no siente necesidad de hacer preguntas.
La verdadera espiritualidad empieza cuando desaparece la necesidad de parecer espiritual
Existe una diferencia enorme entre utilizar una práctica espiritual para crecer y convertirla en una forma para construir una identidad superior. La primera nos vuelve más humildes porque nos enfrenta continuamente a nuestras limitaciones. La segunda solo alimenta una versión más sofisticada del narcisismo.
Curiosamente, las personas que más han profundizado en su vida espiritual suelen comportarse de manera más humilde. Hablan más de compasión que de iluminación. Escuchan más de lo que predican. Se preocupan menos por demostrar cuánto saben y más por cómo tratar a quienes tienen delante.
Quizá ese sea el mejor indicador de que una práctica espiritual (sea cual sea) está dando frutos. Porque la espiritualidad auténtica no debería hacerte sentir por encima de nadie. Debería ayudarte a comprender que, debajo de nuestras creencias, rituales o formas de entender el mundo, todos compartimos la misma condición humana. Y cuanto más conscientes seamos de ello, menos necesidad tendremos de demostrar que hemos llegado más lejos que los demás.
A fin de cuentas, “la espiritualidad se entiende como un viaje del ‘yo’ hacia el sentido, la trascendencia y la conexión con lo sagrado, alejándose del ego”, como escribiera Samridhi Tandon.
Referencias:
Tandon, S. (2026) The Sacred and the Self: A Theoretical Paper distinguishing Spirituality from Spiritual Ego. (2026). The Journal of Mind & Psychological Science; 1(1).
Scandroglio, B. et. Al. (2008) La Teoría de la Identidad Social: una síntesis crítica de sus fundamentos, evidencias y controversias. Psicothema; 20(1): 80-89.



Deja una respuesta