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El riesgo de patologizar las emociones solo porque son desagradables

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Patologizar las emociones

Poco a poco, los trastornos mentales se han ido despojando del halo de estigma del cual estuvieron rodeados durante siglos. Las nuevas generaciones hablan de manera más abierta sobre la salud mental y términos como “trauma”, “depresión” o “ansiedad” han pasado a formar parte del vocabulario popular. No obstante, esa popularización también encierra un peligro: banalizar los trastornos mentales.

Convencidos de que debemos ser felices a toda costa, corremos el riesgo de patologizar las emociones. Sin embargo, no todo son enfermedades mentales. La tristeza no es depresión y el estrés no es ansiedad. Necesitamos dejar de patologizar cada emoción desagradable o incómoda que experimentamos porque de esa manera solo estamos añadiendo añadimos el peso de una preocupación y ansiedad a reacciones emocionales perfectamente normales.

Inflación semántica y banalización de los trastornos mentales

Ser conscientes de lo que estamos sintiendo es fundamental. De hecho, la granularidad emocional nos ayuda a gestionar mejor nuestros estados afectivos. Sin embargo, existe la probabilidad de que confundamos reacciones emocionales completamente naturales con trastornos del estado de ánimo realmente graves.

Un estudio realizado en la Universidad de Melbourne comprobó que debido a la popularización de conceptos psicológicos – como trauma, depresión y ansiedad – estos “han adquirido significados más generales y han pasado a referirse a una gama más amplia de acontecimientos y experiencias”. Estos psicólogos comprobaron que la creciente atención y conciencia pública sobre la salud mental se encuentra en la base de esa especie de «inflación semántica», como la definieron.

Como resultado, indican que “las experiencias emocionales cotidianas están cada vez más patologizadas, de modo que los conceptos de ‘depresión’ y ‘ansiedad’ se han ampliado para incluir experiencias subclínicas de tristeza y preocupación”. O sea, al no comprender las diferencias entre tristeza y depresión, terminamos catalogando como un trastorno mental reacciones emocionales normales.

De hecho, es natural que nos sintamos tristes ante la pérdida de un ser querido, y eso no significa que suframos una depresión mayor. Así como es normal que nos sintamos tensos, nerviosos o incluso estresados ante nuestro primer trabajo o proyecto importante, pero eso no implica que suframos ansiedad generalizada. También es normal que de vez en cuando estemos tan cansados que no queramos levantarnos de la cama mientras otras veces rebosemos tanta energía que podríamos comernos el mundo sin que eso signifique que sufrimos un trastorno bipolar.

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Independientemente de lo que afirmen los gurús del pensamiento positivo, es normal experimentar de vez en cuando tristeza, enfado, irritabilidad, pena o muchos otros sentimientos que se suelen catalogar como «negativos». Puede que esas emociones sean incómodas o desagradables. Puede que deseemos que pasen rápido. Pero eso no las convierte en un trastorno psicológico.

La capacidad para experimentar las emociones sin patologizarlas

Nuestra sociedad oscila cada vez más entre la analgesia emocional y el hedonismo, sumida en un esfuerzo por exorcizar todas aquellas emociones consideradas «negativas». Y, si bien es cierto que sentirse triste, abatido o desilusionado no es agradable, en ciertas circunstancias esas emociones son reacciones perfectamente normales e incluso adaptativas ante lo que estamos viviendo.

Cuando nos apresuramos a diagnosticarnos – o diagnosticamos a los demás – nos estamos dañando. Nos dañamos porque nos impedimos experimentar nuestros sentimientos con normalidad. Nos asustamos y rechazamos esas emociones. Intentamos encontrar una razón patológica que explique por qué nos sentimos así, quizá con la esperanza de que un medicamento pueda hacer que esos sentimientos desaparezcan pronto.

Eso no es saludable.

Entrar en pánico ante la primera señal de sentimientos difíciles puede convertir esas emociones en algo mucho más grande de lo que son. Podemos equiparar las emociones y sentimientos con las nubes en el cielo. Si no nos aferramos a ellas, simplemente desaparecerán como han llegado, incluso las más amenazantes. Pero si le prestamos una atención excesiva y las patologizamos, incluso las nubes que traían una simple llovizna pueden convertirse en nubarrones de tormenta.

No podemos estar bien todo el tiempo. Experimentar sentimientos como la ira, la tristeza, el hastío, el miedo, la indignación o incluso la infelicidad es completamente normal y no debemos avergonzarnos por ello.

La depresión, por ejemplo, comenzó a cobrar un auge en los años 1960 y 1970, coincidiendo curiosamente con el descubrimiento y comercialización del primer antidepresivo, la imipramina. En la actualidad, sometidos al imperativo de ser feliz, se corre el riesgo de que todas las personas que no se sienten bien graviten hacia la “depresión”, convirtiéndose esta en una ¿auténtica? epidemia a nivel mundial.

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Obviamente, eso no significa que no debamos prestar atención a nuestras emociones o buscar ayuda psicológica cuando nos sentimos mal. Pero debemos aprender a movernos entre la sutil línea que existe entre la normalidad y la patología. Hay emociones que, aunque puedan resultar incómodas, son importantes para nuestra propia salud mental, aunque parezca contradictorio.

La tristeza, por ejemplo, promueve la reflexión después de la pérdida. Nos anima a detenernos y enfocar nuestra mirada en nosotros mismos para facilitar la aceptación. La disminución de la excitación fisiológica nos brinda un espacio para el pensamiento lento y nos da el tiempo que necesitamos para actualizar nuestras estructuras cognitivas; o sea, adaptarnos a la pérdida, sopesar nuestras acciones, repasar nuestras metas y modificar nuestros planes.

Por tanto, la próxima vez que estés atravesando un momento difícil y tengas la tentación de etiquetarlo como un trastorno mental, deberías hacer una pausa y preguntarte: ¿es una reacción normal ante lo que me está ocurriendo? ¿La mayoría de las personas se sentiría así en estas circunstancias? ¿Lo que siento me impide realizar mis tareas cotidianas?

Utiliza estas preguntas como guía. Los trastornos psicológicos como la depresión o la ansiedad no solo van empeorando con el paso del tiempo, sino que también dificultan en gran medida el funcionamiento cotidiano provocando un enorme malestar.

Cuando te sientas mal, date un poco de espacio y tiempo para explorar esos sentimientos y reacciones ante experiencias difíciles sin experimentar la necesidad imperiosa de etiquetarlas. Es probable que descubras su mensaje y termines saliendo fortalecido de esa experiencia.

Referencias Bibliográficas:

Xiao, Y. et. Al. (2023) Have the concepts of ‘anxiety’ and ‘depression’ been normalized or pathologized? A corpus study of historical semantic change. PLoS One; 18(6): e0288027.

Steinberg, H. & Himmerich, H. (2012) Roland Kuhn—100th Birthday of an Innovator of Clinical Psychopharmacology. Psychopharmacol Bull; 45(1): 48–50.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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